Con el inicio de la lucha armada desatada por SL y posteriormente por el MRTA, toda la izquierda peruana escondió la cabeza como el avestruz, lavándose las manos en público, pero apoyando a la barbarie terrorista desde las sombras.

En este escenario apareció la izquierda pituca que se organizó no en partidos ni movimientos políticos sino en oenegés vinculadas a organizaciones supranacionales de protección de los derechos humanos, desarrollando ideologías, marcos jurídicos e interpretaciones legales que, en la práctica, eran escudos a favor de los imputados de terrorismo que caían en manos del sistema de justicia.

Se prepararon estructuralmente en la última mitad de los ochenta, para luego infiltrarse en el gobierno fujimorista actuando como asesores y proveedores en todos los ámbitos del poder estatal, vendiendo una imagen de los políticamente correctos mostrándose como una presunta reserva moral del país.

Muy grande fue el rol que cumplieron para que, una vez capturado Abimael Guzmán y miles de sus militantes, Sendero pudiera derrotar políticamente al Estado Peruano. A fines de los noventa ya contaban con medios económicos e infraestructura de comunicación que, poco a poco, infiltrando también a los medios de prensa, se fuese gestando una nueva perspectiva de calificación del terrorismo logrando erradicar esta palabra por el de un conflicto armado interno.

Con la caída del régimen fujimorista se dieron el gusto de conversar y negociar con la cúpula de las dos organizaciones terroristas que asolaron al país, en busca de una “reconciliación”, dándoles en bandeja de plata una mal llamada “Comisión de la Verdad” porque terminó desfigurando esa verdad a favor de los terroristas, mientras estos destruían el marco jurídico antiterrorista, lograban la anulación de todas las condenas, la relativización de los medios probatorios en los nuevos juzgamientos, y la liberación de sus militantes.

Ya ensoberbecidos con el poder, manipularon a su antojo a la población con una prensa sometida al gobierno de turno, impuesto por el comando caviar que actuaba detrás del trono. Encumbraban a los suyos y destruían a cualquier oponente con toda la prensa a su favor.

Luego de veinte años, ahora tenemos que llorar el latrocinio y la corrupción generada por la caviarada ebria ya con el control total del Estado y de las FFAA y PNP. Lo de las vacunas y compras en pandemia con coimas a granel son solo una muestra de la deshonra nacional con esta hipócrita reserva moral.