Subyugados por la crisis sanitaria, sociopolítica, económica y moral de nuestra nación, los peruanos, de las mal llamadas clases populares hasta las altas, han acumulado un estratosférico nivel de esquizofrenia. Muchos perdieron el sentido de la realidad y de la proporción. Inclusive de la sindéresis y la perspectiva. Este estado de desastre los ha retrotraído a horizontes tribales, adonde ahora la voluntad de las personas no obedece a la lógica y a la verdad sino a efectos impulsados por mecanismos de convencimiento psicológico –los medios de comunicación masivos- basados principalmente en la desinformación y en la repetición, cual mantra, de todo lo que determinadas fuerzas políticas pretendan hacerle creer a la sociedad. Vivimos entonces humillados por unos cuantos filibusteros disfrazados de periodistas –hoy conocidos como “comunicadores”- a quienes esas fuerzas exógenas pagan, directa o indirectamente, para “informar” eso que les interesa transmitir al pueblo. Siendo una ciudadanía ineducada, casi primitiva, incapaz de entender por falta de aprendizaje, a los medios les es muy fácil imponerle los mensajes de quienes –repetimos- directa y/o indirectamente remuneran a estos “comunicadores” para que actúen como alcahuetes informativos, escudados detrás de las libertades de información y opinión conocidas como libertad de prensa.
Un reciente capítulo de esta comedia convertida en tragedia es esa transubstanciación del tal Pedro Castillo, quien luego de haber sido -por declaración propia manifestada durante su campaña electoral para la primera vuelta- un fiel admirador del comunismo, marxismo, leninismo, castrismo y seguidor del pensamiento Gonzalo, resulta que todo fue falso. ¡Aunque esa declaración forme parte del plan de gobierno que presentó ante el Jurado electoral prometiendo ejecutarlo apenas llegado al poder! Porque hoy ocurre que en las últimas dos semanas, alguna ilusión divina –conformada por bucaneros de la politiquería como el aprista Miguel del Castillo, el toledista Kurt Burneo, el fujimorista Salaverry y otros como ellos que no merecen respeto por su tesitura zigzagueante- lo convenció de que los objetivos que le marcase su mentor Vladimir Cerrón “no eran los adecuados”. Como Groucho Marx, “Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros”. ¡Pero amable lector, por ese plan de gobierno votó un 20% de los ciudadanos! Y hoy lo haría medio país, según las encuestadoras. ¿En qué quedamos? ¿Por qué el votante debería darle crédito al improvisado profesor con licencia indefinida, que ahora promete reinar acomodando doctrinas ideológicas convenientemente opuestas? Bajo esta premisa, ¿por qué el 28 de julio 2021 Castillo no podría regresar a su plan inicial? ¿Qué garantía tendría el votante de que este y tantos otros aspectos, sean respetados durante cinco años y que, en efecto, al quinto año Castillo llame a elecciones libres? ¿Por qué la prensa canalla, que destaca a Castillo, premia sin dudar tamaña maniobra electorera? ¿Castillo y sus comunicadores creen que los peruanos son tan tontos que confían en que gobernará democrática, honesta, coherente y satisfactoriamente, con un programa fabricado a la hora undécima por perro, pericote y gato, para encubrir su personalidad comunista? ¡Basta de tomarle el pelo al Perú!

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