La caída de Evo Morales, luego de un escandaloso fraude electoral, refleja, más allá de toda duda, la vocación totalitaria, mesiánica y corrupta de quienes como él pretenden gobernar para el pueblo dentro del contexto de un socialismo trasnochado y en la práctica terminan envueltos en la vorágine del poder que, como bien señala Lord Acton, corrompe pero, cuando es absoluto, corrompe absolutamente.

La farsa del Tribunal Electoral boliviano venía desde atrás y se puso en evidencia cuando una reciente encuesta privada colocó a Carlos Mesa muy próximo a Morales y el “tribunal” se encargó de desconocerla: ya ni siquiera tuvo el rubor de callarse la boca porque su misión no era hacer respetar la voluntad popular sino imponer a su propio e ilegítimo candidato.

La farsa de Morales se puso en evidencia cuando no acató el referéndum que le negó la reelección y continuó impertérrito con su vocación dictatorial que ahora intenta defender bajo el cuento de un inexistente golpe de Estado y de discriminación contra los indígenas del Altiplano.

La lección para los demócratas es evidente: se requiere robustecer el sistema democrático mediante partidos políticos reales que no se transformen -como ha ocurrido en muchos casos en el Perú- en maquinarias electorales al servicio de intereses de grupo, dándole las espaldas al pueblo y provocando la aparición de movimientos políticos antisistema que quieren llegar al poder aprovechando a la democracia para luego procurar su desaparición.

Evo tuvo la ventaja de un alza espectacular del precio de los metales que generó un crecimiento muy alto del PBI de su país: pero la propia ineficiencia de su régimen y la corrupción ahora denunciada por la nueva presidenta interina, no lo dejaron superar los graves problemas económicos que ha legado como una pesada herencia a Bolivia.

El respaldo que le da la izquierda marxista latinoamericana refuerza la evidencia, ya clara, que a todos estos gobernantes abusivos les importa un rábano la democracia y sólo les sirve para usarla en forma cosmética al servicio de sus seudo paraísos de pobreza y discriminación.

Por eso hemos planteado en Perú Nación la necesidad de una Revolución Pacífica que modifique de raíz nuestras estructuras políticas respetando las libertades públicas.
Y para ello, daremos la gran batalla.

(*) Presidente de Perú Nación
Presidente del Consejo por la Paz