El nivel de nuestros candidatos es famélico, por decir algo. Es, a la vez, el nivel de nuestras agrupaciones políticas que representan a la sociedad. Así, el problema está mucho más cerca de nuestras puertas de lo que nos gustaría. Resulta que somos nosotros los que cada cinco años elegimos a las autoridades que hacen de este país un festín y luego -siendo franco- nos dedicamos al peruanísimo arte de la queja. Una manera sencilla de evadir una realidad en donde nuestras responsabilidades quedan absueltas y todo es un asco, pero no nosotros, jamás nosotros. Esto no va a cambiar en el futuro cercano, así que en esta columna propongo un ejercicio sencillo para elegir por quién votar. Requiero, por supuesto, algo de trabajo -es un ejercicio, a fin de cuentas- pero es bastante mejor que dejarse llevar por una masa alto parlante o que dejar, peor aún, que algún mayordomo de la opinión elija por todos nosotros, guiándonos.

Todos los candidatos tienen propuestas con las que está cada lector a favor y también con las que está cada lector en contra. Sin embargo, así los candidatos lleguen a la presidencia no podrán traducir a realidad todas sus propuestas. No solo por probable falta de eficiencia, sino que mucho de lo que puede gustar o disgustar está, simplemente, fuera de la esfera de decisión jurisdiccional del Poder Ejecutivo. Pongo un ejemplo: digamos que un candidato está a favor de legalizar la marihuana. Muy bien. Esa idea generará que algunos de ustedes, apreciados lectores, consideren que ese candidato tiene una buena idea y otros que tiene una mala idea. Ahora llevemos el análisis al segundo peldaño. ¿Puede el presidente de la República legalizar el consumo de marihuana? No. Resulta que es una competencia del poder legislativo. Lo máximo que un presidente podría hacer es presentar una iniciativa y cruzar los dedos para que se apruebe.

Vamos con otro ejemplo: digamos que otro candidato considera que la minería es lesiva para el país. Como en el caso anterior, aquella posición le significará seguidores y detractores; sin embargo, aquí hay una diferencia esencial con el primer caso. Desde el poder ejecutivo y bajo las órdenes de un gabinete elegido por el presidente de la República sí se puede empantanar por cinco años cualquier brío de crecimiento minero en el país, pues las carteras de su Consejo de Ministros podrían convertir a la actividad en imposible o -simplemente- tomar una posición pasiva frente al imperio de la ley con las concesiones existentes. Entonces, en este segundo ejemplo, la idea del candidato no es una mera expresión de voluntad o una muestra de su visión de la política. Es una postura que se convertirá en políticas públicas durante el siguiente quinquenio pues esa decisión sí está dentro de las fronteras de lo que el ejecutivo puede decidir.

Habiendo graficado el ejercicio con dos ejemplos los invito a hacer, ahora sí, el siguiente ejercicio: dense el tiempo de anotar las propuestas que consideran positivas de cada candidato y también de tomar nota de las negativas. Una vez confeccionada la lista repasen, punto por punto, qué puede hacer el candidato en la práctica y qué es lo que al candidato le gustaría que suceda en la semántica. Así, después de algún rato de esfuerzo, tendrán clara la diferencia entre las expectativas y posibilidades de los candidatos de convertir en realidad cada una de sus propuestas. Es evidente que el candidato que mejores resultados obtenga debería ser considerado, junto con el último factor de relevancia: no se puede dejar de ver quiénes acompañan a cada candidato al congreso. Las bancadas oficialistas son el engranaje que permite que el país avance hacia el rumbo que la democracia, representada en un candidato, elige. Esta es, quizás, la forma más rápida y eficiente de elegir, si quieren, al mal menor.