Resultaría explicable que el título de esta columna haga presumir el abordaje de la ausencia de nuestro presidente, Pedro Castillo, su condición de holograma incapaz de arbitrar los encontronazos al interior del Gobierno y su actitud subordinada al imperio de Vladimir Cerrón junto al de los disparatados Guido Bellido y Guillermo Bermejo.

La coyuntura así parecería sugerirlo. Pero no. Dedico estas líneas al recuerdo del más brillante y prolífico investigador de mi generación, académico y periodista. Un hombre que se sumergió en las honduras del derecho constitucional sin ser abogado y nos legó reflexiones de alto calibre político e intelectual. Se llamaba Pedro Planas Silva. Murió con apenas 40 años de edad el 7 de octubre de 2001.

Fugaz y desordenado como era, Pedro se empeñó sin embargo en u n sistema de trabajo muy estricto que reivindicaba documentos poco o nada divulgados. Acometió un riguroso estudio sobre las primeras ideas políticas del líder aprista Víctor Raúl Haya de la Torre. Su visión crítica sobre el Joven Haya dio paso a enormes debates.

Sus detractores le atribuían (con extremada simpleza) un sesgo en su análisis por el hecho de que se desempeñaba como redactor de la revista OIGA, cuyo director, Francisco Igartua, era un connotado adversario del aprismo.

Más adelante, viajó a España para realizar estudios de postgrado en Derecho Constitucional y Ciencia Política, en el Centro de Estudios Constitucionales de Madrid. Nunca había seguido estudios de Derecho; tan sólo ostentaba el bachillerato de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Lima.

Pedro continuó su tarea de rescate. Así lo hizo con la generación del 900, aquella que iluminó el pensamiento social peruano en la aurora del siglo XX y precedió a la de Haya de la Torre y José Carlos Mariátegui, los dos íconos vigentes a lo largo de esa centuria.

Tras el autogolpe del 5 de abril de 1992, volcó todo su interés a la causa democrática y a la defensa del orden constitucional, incluyendo la reforma del Estado hacia un modelo político descentralizador.

Fue así que, en solo ocho años, invadió las vitrinas de las librerías con diversos trabajos sobre estas materias: “Democracia y Tradición Constitucional en el Perú”, “Rescate de la Constitución”, “Derecho Parlamentario”, “Regímenes Políticos Contemporáneos”, “La Descentralización en el Perú Republicano (1821-1998)”, “La República Autocrática”, “El Estado Moderno. Una Nueva Biografía”, “La Constitución Traicionada” (obra realizada con el jurista Domingo García Belaunde), “El Magisterio Constitucional de Ramírez del Villar”, “Cómo Hacer Operativo al Parlamento Peruano”, “Comunicación Política y Equidad Electoral”, “Nuevas Tendencias del Derecho Constitucional en América Latina”, “La Democracia Volátil”, “El Fujimorato” y otras más que rebasan la extensión de este párrafo.
Pedro Planas fue un grande. Su voz entregada siempre a la polémica tendría hoy una inmensa tribuna.

Al cumplirse dos décadas de su desaparición física, confieso que lo extraño y hago una sentida reverencia a su memoria.

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