Digamos algo claro: Abimael Guzmán Reinoso no ha muerto ayer. Solo ha empezado a morirse por la vía natural de lo que consideramos la extinción de un ser vivo. Su corazón se detuvo, dejó de respirar, ninguno de sus órganos es irrigado por la sangre. Sus restos caminan hacia la putrefacción o la incineración. La verdad no importa el destino de ellos. Aun así, la mortalidad absoluta todavía le es ajena.

El tema ha sido debatido ayer con amplitud, trascendiendo las reacciones primarias –algunas explicables por su naturaleza emocional, especialmente de quienes fueron víctimas directas o indirectas del terrorismo– que la noticia del epílogo físico del líder de Sendero Luminoso suscitó. Es el ángulo obligado de abordar pues tiene aristas muy diversas y, por supuesto, mitos tramposos a los que cabe denunciar sin medias tintas.

Un primer enfoque apunta a la cultura subversiva siempre vigente no solo en el Perú sino en toda América Latina. Hay estudios e investigaciones sobre la materia que revelan bases comunes en la fertilidad de los actos insurreccionales. Actos que, paradójicamente, no tienen su mejor hora contra las dictaduras sino contra las experiencias democráticas. Las dictaduras los aplastan con el imperio de su fuerza bélica y hasta propician la victimización de sus ejecutores cuando se recupera el espacio democrático.

Las excepciones fueron, claro está, Cuba 1959 y Nicaragua 1979. En su lucha contra las dictaduras de Fulgencio Batista y Anastasio Somoza, respectivamente, se mezclaron quienes aspiraban a un verdadero sistema de libertades con quienes buscaron su propio modelo dictatorial. Fidel Castro y ahora Daniel Ortega encarnan el triunfo del proyecto autocrático, ambos traduciendo el marxismo auroral hoy trasnochado.

Y aquí surge el segundo escenario, objeto de más controversias. Esa cultura subversiva, en particular la que encarnó SL en el Perú y a la que la ociosidad periodística extranjera sigue denominando “guerrilla” y no “terrorismo”, ¿responde únicamente a la insatisfacción de los pobres y marginales cuyos mínimos requerimientos son desatendidos por el modelo capitalista, base económica de las estructuras estatales?

Ocurrencia de kilates. Necedad ideológica. Propaganda del fracasado que niega ver sus escombros en el muro de Berlín derruido hace más de 30 años. El fanatismo, cualquiera sea su pelaje, ilusiona a un segmento de la sociedad, pero luego necesita los resortes del poder absoluto para imponerse mediante el terror, la imposición, el pensamiento único, las brigadas secuestradoras. Nunca prende por la reflexión sino por la ignorancia o la desesperación.

Abimael apenas ha muerto físicamente. Y ello en el marco de un gobierno elegido, pero con funcionarios adherentes a sus ideas y prácticas. Peor todavía con la pasividad de millennials que relativizan el periodo sanguinario del terror senderista. Hace falta matarlo totalmente. Y matarlo bien desde la raíz de su iniciativa criminal, perversa y absurda.