Quizá esta historia empezó cuando era niño y mi padre nos llevó a vivir al campo; a un desolado, pero hermoso paraje donde pronto olvidamos el sabor del pan, la textura de los embutidos, el agua potable, la luz eléctrica, los modales en la mesa, los hábitos que nos exige la etiqueta. Siete años fueron suficientes para que asesine al inquieto citadino y me trasforme en este hombre que aprendió a sobrevivir manipulando un hacha. Cuando volví a la ciudad había olvidado qué era un interruptor y la función del balón de gas al costado de la cocina. Me sentía un inútil cada vez que los adolescentes se reunían en los videojuegos. La tecnología de mis dieciséis se reducía a una calculadora que aprendí a utilizar con esfuerzo para entregar la cifra exacta de los vueltos, más allá de eso todo lo que convivía a mí alrededor fue extraño: los autobuses, el color de los semáforos, las señales de tránsito, la forma de las casas, los edificios; no entendía cómo podía vivir tanta gente desconocida en aquellos bloques de concreto.

En el campo aprendí a pelar toros. Supe de la soledad con el rigor de la noche y el silencio de los cerros. Podía escucharme por dentro como si gritara sin pronunciar una palabra. En el campo cambié los juguetes por un yugo, los juegos de mesa mutaron en afilados machetes, las raquetas en el mango de mi hacha con el que rompí el tallo de árboles enormes para utilizarlos como leña o como lajas en las cercas. Pronto olvidé el placer de una suela y la presión de una correa, me toco las manos y me parece mentira la suavidad de sus palmas, la delicadeza de los dedos, este color que no tiene nada que ver con el amarillo de aquellos callos que las blindaron durante tantos años. Mis pies, el corte exacta de las uñas, sus plantas que aprendieron a soportar el dolor de los abrojos. A veces siento nostalgia y me dan ganas de retornar a aquel chiquillo que llegaba cansado tocándose los hombros, ir a uno de los tanques y lavarme la cara para acercarme a la ventana y contemplar el cielo. Sé que pocos lo entienden: la vida de un salvaje no termina aun cuando los libros lo llaman por su nombre y la pantalla le advierte que ya pasó los 400 caracteres.