Finalmente nuestra democracia de baja gobernabilidad ha hecho crisis. El círculo vicioso que la atrapa desde hace dos siglos prepara nuevamente la recaída en el autoritarismo.

Según Aristóteles, todo fenómeno complejo tiene cuatro causas. La crisis de nuestra débil democracia tiene una causa material, que es la enorme desigualdad de oportunidades en la economía y la sociedad peruana. Tiene también una causa eficiente, su terrible agravamiento por el colapso de la economía en la pandemia. Estamos hablando ahora de vida o muerte.

La crisis tiene también una causa formal: un equilibrio de poderes fallido que estableció hace 200 años, con la República, el conflicto de poderes perpetuo originado por la dictadura del Congreso sobre el poder Ejecutivo. Y, en las últimas décadas, como solución fallida nuevamente, la dictadura del poder Judicial sobre los poderes políticos.

Al llegar a su límite este estado de cosas lo que ha ocurrido siempre en el pasado, una vez cansado el pueblo del desorden que percibe como una injusticia insufrible, es la recaída en el autoritarismo con alguna forma de legitimidad carismática, como le llamó Max Weber.

Desde luego, ese autoritarismo puede ser de extrema izquierda o de extrema derecha. A eso nos ha llevado la polarización que ha prevalecido durante toda la campaña electoral hasta la fecha.

Esta se expresa en el insulto y la falta de respeto a los peruanos de parte del radicalismo de izquierda y de derecha. De un lado, los eternos adolescentes universitarios de la Católica -que ahora piensan que toman el poder-, pero que, viejos ya, solo retoman una revolución imaginaria despintada por los años que los lleva a su propia destrucción a manos de otros más radicales que ellos.

Y en el otro extremo están los que viven de la fantasía de que se puede seguir administrando el caos o, peor aun, volver a un orden del pasado que dejó de existir en el mundo con la Primera Guerra Mundial.

La República cumple 200 años. Y enseña a sus hijos que antes de ella hubo 300 años de oscurantismo virreinal, y antes aun el tiempo mítico del Tahuantinsuyo, que duró solo cien.

Y el falso contrapunto entre la dignidad y la humillación que no termina ha generado la polarización entre dos radicalismos reaccionarios que han producido este festival de la inmadurez.

El salto cualitativo a una democracia en serio estuvo y está siempre al alcance de la mano, pero una y otra vez hemos dejado pasar la oportunidad.