No creo útil extender el debate sobre fechas más o menos para el arribo de las vacunas contra la covid-19, el volumen de las mismas ni su secuencia de ingreso al circuito sanitario del país. Considero suficientemente esclarecidas las responsabilidades de cada actor o actriz pública en el proceso de su demanda –desde las operaciones propagandísticas de Martín Vizcarra hasta la ineficacia de gestión que éste comparte con Francisco Sagasti– teniendo cada día impactos deplorables y tristes de la maldita enfermedad. Las circunstancias obligan a darle vuelta hasta a la más leve de nuestras sensibilidades.

Lo cierto es que empiezan a llegar. Lo cierto es que, en el lapso de un año, podría cubrirse el universo de compatriotas asequibles a la vacunación. Lo cierto es que las expectativas de su beneficio rebrotan al ritmo de la pandemia, cuya segunda ola semeja un hachazo de verdugo y ya no un martillazo corrector.

Deberíamos abrir los ojos en torno a lo que todo esto representa. Me temo que la vacuna ha sido, tácitamente, convertida en un fetiche (“Ídolo u objeto de culto al que se atribuyen poderes sobrenaturales, especialmente entre los pueblos primitivos”, según la Real Academia de la Lengua Española) debido a su largo trajinar en el imaginario colectivo como una frontera deseable, en vez de un paso positivo que abre distintas sendas a las cuales cabe atender con mayor ahínco.

Se ha mencionado, por ejemplo, el requisito de un soporte logístico válido para su almacenamiento, cadena de frío, sistema de distribución, aplicación y monitoreo de resultados. En cinco enunciados parecería algo sencillo por determinar, pero cada uno constituye un desafío en sí mismo sobre el que, en verdad, no tenemos información puntual sino muy genérica. Igualito a cuando el trío Vizcarra, Vicente Zeballos y Víctor Zamora nos mostraban sus hojas de ruta basadas en aparentes certezas que luego revelaban su condición de sofismas.

Otro ángulo es conocer si la poca efectividad comprobada de ciertas marcas definirá los núcleos humanos que accederán a las dosis de las mismas. Francia, Alemania, Bélgica y España ya han tomado la decisión de aplicar la vacuna de AstraZeneca y la Universidad de Oxford a personas menores a 65 años, por ese motivo. Y también tenemos el desafío de saber si las mutaciones de las cepas del virus resistirán los efectos de la inoculación, en especial el proveniente de Manaos, Brasil, que ya tiene presencia en Loreto, Huánuco y Lima.

Hay mucho más. Aquí lo importante es persuadir que la vacuna no debe ser objeto de culto sino de un cuidadoso seguimiento a su cobertura, asimilación, mejora y los diversos resultados que se esperan de una herramienta en vías de consolidarse.