Miguel Pedro López Sanz, a quien conocíamos como ‘Figurita’, caminaba cámara en mano, de pueblo en pueblo por todo el país. En la bella y señorial ciudad de Huamanga, lo veíamos de portal en portal, de balcón en balcón. Todos pensaban que era un turista más. Pero no, a pesar de ser español, se hizo 100% ayacuchano. Hombre culto como pocos, versado en la historia de nuestros pueblos y dedicado curador del legado cultural y de las costumbres, en particular de Ayacucho.
Se le veía en Semana Santa, carnavales y en cuanta festividad, ni qué decir en fiestas patronales donde asistía como invitado honorario. Por sus registros nos enterábamos de una u otra actividad, lamentábamos no haber asistido y prometíamos no faltar la próxima vez. Debe haber registrado miles de fotos en muchos pueblos, sus fotos hechas postales dieron, dan y seguirán dando la vuelta por el mundo, por eso engreía y cuidaba su cámara como quien cuida al propio corazón. A través de él miles se enamoraron de Ayacucho a través de él muchos hincharon el pecho orgullosos de sus pueblos y de sus costumbres.
Hace pocos días partió a la eternidad. Se fue buscando registrar y hacer inolvidable las otras fiestas que nuestros seres queridos celebran en la eternidad, partió para enviarnos las mejores postales y recordarnos que no debemos olvidar nuestras costumbres y tradiciones. Se fue para eternizar su encuentro con el Señor Nazareno patrono de Huamanga. Su espigado tamaño siempre era pequeño comparado con su humildad. Así era ‘Figurita’, lo recordamos como si lo viéramos en cada esquina de Huamanga, paseando en la plaza Sucre con un muyuchi en la mano o degustando un caldo de mondongo o una llipta.
Como buen pregonero de la vida y la alegría registró en una de sus postales “La Vida es como la Tuna, por fuera es espinosa y dura, pero por dentro está llena de color y sabrosura” y como quien canta despidiéndose, escribió “Entonces, fiel a mi estilo, no lo pensé dos veces, cogí mis cosas y me fui, con la música a otra parte”. Así partió ‘Figurita’, caminando con tus blandos zapatos, zigzagueando con alegría, dejando el eco de su canto, dejando tararear melodías dolorosas en las iglesias de Ayacucho, haciendo brillar los colores de su singular identidad y aparecerse entre las figuritas de un retablo ayacuchano: esa es la postal, su postal, que guardamos en nuestros corazones.

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