En las antiquísimas civilizaciones del Oriente, la flor de loto o rosa del Nilo, es una flor que crece en el lodo pero que, sin embargo, es tersa, hermosa y sinónimo de pureza, además de guardar un simbolismo especial para las religiones y los países de ese lado siempre para nosotros misterioso del mundo.
La flor de loto puede, además, considerarse un símbolo de una actitud y un término cuya vigencia crece en los cuatro costados del planeta, más aún, en épocas como ésta, de grandes luchas y desgracias: resiliencia.
Definida como la capacidad para transformar la adversidad en potencialidad, es explicada brillantemente por la psiquiatra Elisabeth Kubler Ross con esta confesión: “Las personas más bellas con las que me he encontrado son aquellas que han conocido la derrota, conocido el sufrimiento, conocido la lucha, conocido la pérdida, y han encontrado su forma de salir de las profundidades”. También se suele definir como la capacidad de los individuos para sobreponerse a periodo de dolor emocional y grandes adversidades. Como la flor de loto, la resiliencia hace posible plegar el dolor y desplegarlo posteriormente en forma de serenidad, autocontrol y persistencia.
La pandemia ha cambiado nuestra forma de pensar y de sentir. Y una de las razones para ello es que nos obligó, pese a cualquier condición y circunstancia, a convivir con el dolor y con la muerte de familiares y amigos. Las impronunciables palabras se volvieron el pan de cada día. Su cotidiana presencia masiva en titulares y medios de comunicación en el mundo entero, nos hizo inevitable su compañía, pese a que como bien dice Borges: no hay quien se crea el primer inmortal.
En donde el niño Buda pisaba crecía al instante la flor de loto, cuenta la leyenda. Evoquemos ese andar divino con toda la caducidad de nuestra humana condición y “allí en donde haya odio- como dice San Francisco- pongamos amor/ donde haya discordia, pongamos unión/ donde haya desesperación, pongamos esperanza.” Y digamos como él: “¡Oh, Maestro!, que no busque yo tanto/ ser consolado como consolar/ ser comprendido, como comprender/ ser amado, como amar”.
La flor de loto es una flor sagrada, como lo son todas las cosas que tuvieron un comienzo inmemorial y no tendrán término. Nuestras flores, en cambio, tienen fecha de siembra y de caducidad, pero muchas también son sagradas porque les recuerdan a alguien un ser o un lugar que no son inmortales pero que tienen algo de inmortal. Como la rosa de papel que yo guardo en uno de los pasadizos de mi casa, sobre una fila de los libros que más releo y ante la cual todos los días digo esta plegaria: “De las generaciones de las rosas/ que en el fondo del tiempo se han perdido/ quiero que una se salve del olvido/ Una sin marca y signo entre las cosas…”

La tuya, mamá.
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