En la madrugada del 25 de agosto murió Paco Belaunde, el último de la estirpe de los Belaunde Terry, hermano y fiel seguidor de Fernando a quien acompañó a lo largo de su carrera pública, en las buenas y en las malas y que ejerció la política como si fuera un apostolado. Caso raro en estos tiempos modernos con excepción de su hermano Fernando, dos veces presidente de la República, que llegó a la conducción del Estado por vocación más que por ambición. Paco efectivamente era un caso raro para los terceros que lo conocieron, aunque yo diría más que raro notable por su severidad, parquedad, austeridad y devoción a las buenas causas del Perú.

No era un hombre ambicioso en lo personal pero si apegado a la patria y conocedor como pocos de su historia y geografía. Eso le venía por tradiciones familiares de larga data e igualmente por los idas y venidas que pasó en su vida, primero con el largo destierro de su padre, Rafael Belaunde, durante el oncenio de Leguía y luego también por las misiones diplomáticas que desempeñó su progenitor en la década siguiente. Más tarde acompañó a su hermano Fernando en sus campañas electorales desde 1956 hasta 1980 y sin querer queriendo resultó electo diputado dos veces en los períodos 1980-85 y 1985-90. En el primer período fue elegido Presidente de la Cámara de Diputados justo a la inauguración del segundo gobierno de Fernando y tuvo la satisfacción de colocarle la banda presidencial.

Sería falso e injusto calificarlo como un acto dinástico, porque nada había más alejado en ambos hermanos que el disfrute del poder en exceso del mandato popular. Se trató simplemente del cumplimiento de un honor grato en atención a las circunstancias que vivió el Perú a la recuperación de la democracia.

De Paco se cuentan mil anécdotas. Que siendo presidente de la Cámara de Diputados sacaba de su bolsillo para que un asistente le trajera café o chocolates a los que era aficionado. Tenía un enorme desapego a la parafernalia del poder y no quería incurrir en acciones que consideraba inadecuadas en el desempeño de la función pública. En ese aspecto era un hombre consciente de sus responsabilidades y de la necesidad de educar con el ejemplo. Ejerció el periodismo en la revista OIGA alrededor de veinte años, a través de breves columnas en las que ilustró a sus lectores sobre el devenir de la política peruana, nuestras riquezas naturales y posibilidades económicas, que debían ser explotadas con una sana vigilancia del Estado. Fue en suma un hombre bueno y grande en el mejor sentido de la palabra. ¡Descansa en paz y vive en el recuerdo de tu patria!