Francisco Diez Canseco T.

Acerca de Francisco Diez Canseco T.:





Luchar o no hasta el final

Está claro que, después de enfrentar durante 40 años a Alan García, mi opinión sobre su suicidio puede interpretarse como un testimonio de parte: no voy, por tanto, a traer a colación, en esta coyuntura, las múltiples razones por las cuales mantengo la opinión crítica y desfavorable que públicamente he sostenido sobre él desde hace tantos años.

En  el debate que se ha suscitado sobre su muerte –respecto de la cual extiendo mis condolencias a sus familiares, amigos y simpatizantes– debe diferenciarse claramente entre los planos personal, político y de justicia.

En el primer ámbito, los presupuestos que normalmente se dan para un suicidio –y hay un promedio de 800 mil anuales en el mundo– son la sensación de soledad, la percepción de sentirse como una carga y la pérdida del temor a quitarse la vida.

En García bien pueden haberse dado estas razones en tanto que, pese a los esfuerzos que realizó por demostrar su inocencia, según las encuestas más recientes un 80 por ciento de la población lo considera un corrupto; en esa medida, la pérdida de horizonte vital lo convertía en una carga para sí mismo tratándose de una persona que ejerció dos veces el poder y era poseedor de una alta autovaloración; todo ello, de acuerdo a algunos testimonios y según la carta que leyeron sus hijos, debió generar la desaparición del temor a perder la vida frente a la magnitud de lo que para García, con su marcada personalidad, significaba salir de su casa enmarrocado y con chaleco de “Detenido” para recibir una prisión preliminar que iba probablemente a devenir en prisión preventiva de 36 meses y luego en carcelería por no menos de 15 años.

En lugar de convertirse en un cadáver político creyó pertinente pegarse un tiro, según dice en la carta, como “muestra de desprecio a mis adversarios”. No condice ciertamente esta actitud con la de los fundadores de primera y segunda generación del Partido Aprista que sufrieron persecución por sus ideas –no por acusaciones de corrupción– y que padecieron de prisión, destierro y muerte como en los casos emblemáticos de Manuel Arévalo y Luis Negreiros, a manos de las dictaduras de turno. Ahí no se registró ni un solo suicidio: lucharon hasta el final.

En el aspecto de la justicia, la Fiscalía ha actuado en el marco de la ley desarrollando una estrategia –similar a la de su par brasileña en el caso Lava Jato– para enfrentar a políticos acostumbrados a la impunidad y a utilizar todo su poder –que los distingue del ciudadano de a pie– para evitar que les caiga el peso de la ley.

Según Napoleón Bonaparte: “Abandonarse al dolor sin resistir, suicidarse para sustraerse de él, es abandonar el campo de batalla sin haber luchado”.





ico-columnistas-1-2018

Más artículos relacionados





Top
A. Mariátegui: “El cierre del Congreso es inminente y Vizcarra lo va a hacer de mala manera”

A. Mariátegui: “El cierre del Congreso es inminente y Vizcarra lo va a hacer de mala manera”