Columnista - Francisco Diez Canseco T.

Presión alta

Francisco Diez Canseco T.

5 may. 2019 02:20 am
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De un tiempo a esta parte la presión alta se ha convertido en la enfermedad favorita de los exfuncionarios y miembros de la subclase política acusados de corrupción y sancionados con la ya famosa prisión preventiva de 36 meses.

Esta espontánea e inopinada coincidencia ha permitido que varios de ellos recalen en confortables clínicas, mientras se resuelven sus problemas de salud y sus diligentes abogados mueven todos sus recursos judiciales y mediáticos para librarlos de tan ignominiosa situación, incluido el consabido ejercicio de exhibir a estos otrora intocables enmarrocados ante la opinión pública.

Hay ciertamente presión alta: la de una población que mayoritariamente espera que por fin se haga justicia, frente al frenético manipuleo de tales delincuentes que tanto daño le han hecho al país a un ritmo de saqueo de las arcas fiscales, que pertenecen a todos los peruanos, de no menos de 15 mil millones de soles anuales y cuyas secuelas se aprecian diariamente en áreas vitales como la salud y la educación.

Pero este muñido expediente, que permite a los sinvergüenzas de cuello y corbata evadir la cárcel, debe necesariamente ser investigado y regulado: no se trata de maltratar a personas que efectivamente tienen problemas de salud pero sí de aplicar ese beneficio cuando realmente lo amerita.

Así como ahora hay una campaña en contra de la prisión preventiva –que podría reducirse pero de ninguna manera eliminarse–, las cosas deben ponerse en su sitio en todas las instancias del proceso judicial, incluyendo que en la ponderación de esta medida no solo se considere a los intocables, que tanto daño le han hecho al Perú, sino también a los otros miles de encarcelados que sufren las consecuencias de  la lentitud de una justicia corrupta y envarada en la mayor parte de sus instancias.

Es  lamentable que el Perú haya llegado a una coyuntura de esta naturaleza pero el huaico de información, denuncias y detenciones generado por Lava Jato ha provocado una situación inédita en la historia republicana cuyas ramificaciones y funestas implicancias siguen sorprendiéndonos todos los días.

Está claro que aquí tampoco hay “buenos” y “malos” absolutos como en las viejas películas del Oeste norteamericano, pero por fin se está conociendo la verdad de un entramado que comprende nada menos que a cinco jefes de Estado y que espero no termine llevándose de encuentro a uno más.

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