Francisco Sagasti se define, por la metáfora del perfume, como un presidente intelectual, elegante, sentimental e incluso artista. Nuestro país tiene quinientos años de construcción odorífica, y nuestra política encuentra en el perfume su dimensión simbólica, metafórica. El olor actúa como mecanismo en la construcción de la moral, y deviene en expresión de lo que un político es y no es: Sagasti es poseedor de un aroma que lo califica como inteligente y no bruto, refinado y no ordinario, sensible y no insensible, poeta y no vulgar. Su aroma es su yo de presidente caviar que lo hace superior a los políticos de oposición, activistas sociales y agricultores provincianos devenidos en hediondos.

Michel Foucault entiende que el perfume es un mecanismo de la biopolítica, que interviene sobre el cuerpo para ofrecer placer y que, a la vez, constituye denotación simbólica y clasificatoria de la sociedad y de la política. De Nicolás Maquiavelo en adelante es así: al otorgársele autonomía a la política también se redime al olfato como el sentido político más importante. Poco después vendría el postulado shakespeariano de que “pensamos por la nariz”. Así, liberada de aristotélicos y tomistas, la olfacción se convierte en objeto de la metáfora política. Por la semejanza de los significados, es posible afirmar que Sagasti es un presidente perfumista: ha tomado el camino corto y peligroso de legitimarse con el perfume de César Vallejo.

En puridad, a Sagasti como a los demás caviares les es aplicable la máxima nietzscheana de que no soportan “el olor del otro”. Por el perfume, él se diferencia de sus opositores que son como los judíos acusados por los nazis de exhalar “moho moral”. La distinción odorífera es tal que toca también a la genealogía de sus homólogos presidentes de transición: Valentín Paniagua aparece casi como una abstracción, pues su legitimidad correspondería a la de un buen cristiano falto de olor; y Manuel Merino debió tener un asomo casi inmaterial, pues era lo propio de un político apestado.

Sagasti es un presidente perfumista, que tiene ahora sólo dos opciones respecto de su fragancia: la primera, que se mantenga por el carisma, y la segunda que se evapore a través de los conflictos sociales. No obstante que los jóvenes de Lima no le hacen marchas a Sagasti porque aún olfatean la realidad como hipérbole, el destino del perfume está trazado, y más si éste es vallejiano: a Sagasti podría ocurrirle lo que a Jean-Baptiste Grenouille, el personaje perfumista de Patrick Süskind, cuyo aroma fue tan perfecto que terminó siendo devorado por sus coterráneos en un acto de amor, pues mi olfato me informa de una cada vez más probable decepción política juvenil y sublime.

La mayor paradoja de Sagasti es que llega a ser presidente por el perfume del pueblo y sobre todo de los jóvenes, y que como tal tiene una legitimidad absolutamente olfatoria. El huayno ayacuchano “Flor de retama” se actualiza en la sangre de Inti Sotelo y Bryan Pintado. Finalmente, por boca de Grenouille, veinteañero también resocializado por la historia, sabemos que “el alma de los seres es su perfume”. Sagasti es la metáfora del perfume, pero un joven nos enseñó que el perfume no miente.

Juan Antonio Bazán