La cultura de la muerte galopa sobre el Perú aterradoramente, impulsada por la perversidad de Vizcarra y de su conserje Sagasti. En este instante cientos de peruanos se asfixian por falta de oxígeno medicinal; miles no reciben atención médica –sea para la imparable covid-19 u otra dolencia– porque el sistema de salud colapsó; muchos hacen colas por días para recargar un balón de oxígeno y en la larga espera se enteran de que quien lo requería, murió.
En los cerros esterados de Lima, decenas de niños y niñas han quedado huérfanos, al perder a sus padres por el virus del Partido Comunista Chino (PCCh); solo la solidaridad y organización de las mujeres más pobres –sin duda las más nobles de la capital–, logra que esos pequeños reciban algo de comida y cuidado. Los olvidados comparten la escasez, el miedo y el dolor, mientras el gobierno parece tener un macabro plan de despoblamiento. Vizcarra y Sagasti deberían ser condenados por maldad y juzgados por el caso #VacunaGate y la compra amañada de la porquería Sinopharm, no usada ni por los propios chinos. Nos gobiernan mensajeros de la muerte, que se lanzaron sobre las vacunas para protegerse ellos, antes que nadie.

El nuevo ministro de Salud, Óscar Ugarte, celebra la decisión del Poder Judicial para que su cartera y EsSalud asesinen (eutanasia, dicen) a Ana Estrada, una mujer joven, creativa, inteligente y psicóloga, afectada por polimiositis, enfermedad degenerativa y autoinmune que ha paralizado casi todos sus músculos. Los medios se han encargado de ocultar que existe tratamiento. En el portal de la prestigiosa clínica Mayo se lee: “Si bien la polimiositis no tiene cura, el tratamiento –que abarca desde medicamentos hasta la fisioterapia– puede mejorar la fuerza y función musculares”.

El doctor Ernesto Bustamante, del equipo de gobierno de Keiko Fujimori, se ha referido a la inconstitucionalidad de “que un juez ordene a médicos terminar vidas. Eutanasia es para caballos y perros. Algunos optan por morir por mano propia, pero jamás obligar a matar”, tuiteó. En ese mismo sentido se pronunció el candidato Rafael López Aliaga, de Renovación Popular; le criticaron por la dureza de sus palabras pues consideró que si la señora quiere morir puede lanzarse por una ventana. Bustamante y López Aliaga, en tonos distintos, nos advierten que no podemos normalizar el asesinato ni obligar a médicos a matar en vez de sanar. No necesitamos que el homicidio asistido se convierta en política pública y, de paso, en un negociado. Estrada es usada por rojos y progres para lograrlo; son los mismos que piden legalizar el aborto “para que las niñas no sean madres”, como si el problema fuera la maternidad y no la creciente violencia sexual contra las pequeñas.

El Perú es un muladar donde el demonio se regocija, gracias a Vizcarra, Sagasti y los suyos. Fuera perversos y que viva la vida.