El abuelo solía referirse a ellos como si los conociera de tiempo. Los repetía siempre, cada vez que tenía la oportunidad de compararnos con alguien o de hacer alusión hacia alguna persona que, seguramente, en nuestro imaginario infantil, existía. En más de una oportunidad pensé que serían amigos, hermanos o sus compañeros de la tarde cuando iba a tomarse un trago y escuchaba los valses que ponía don Lucho. Sin embargo, nunca supimos cómo eran o si alguna vez fueron creados por el abuelo con esa forma sutil que tenía de inventar palabras y transformarlas para evitar ser agresivo con el lenguaje. Cuando le pregunté directamente quién era fulano, el abuelo no supo o no me quiso explicar.

Entonces tuve que buscar otros espacios. En el diccionario encontré que “fulano” provenía del árabe clásico “fulan” que, en una aproximación significativa, hacía referencia a una persona cualquiera o alguien cuyo nombre se ignora o no se quiere expresar por alguna razón. Además, la expresión casi siempre se expresaba en sentido desdeñoso. Lo curioso y hasta discutible, es que el mismo término utilizado en femenino adquiere un sentido despectivo incluso peor. Fulana, según el diccionario, es sinónimo de prostituta. Y esas fulanas, precisamente, existían en el lenguaje del abuelo cada vez que terminaba en el bar de don Lucho. Ellos, a quienes se refería el abuelo, fulano y fulana, casi siempre eran mencionados con indiferencia.

Ello me hizo comprender que muchas veces el lenguaje tiene que valerse de eufemismos o de formas alternas para disimular el desprecio. Y es que convivimos con eso, nos ubicamos en el límite entre lo adecuado y lo inadecuado, y para ello nos valemos de estrategias que nos permitan matizar el lenguaje. El abuelo seguramente tenía sus razones, más allá de una inequidad en los valores otorgados por el género.