Inexorablemente envejecemos día a día, a algunos les preocupa más que a otros; es agobiante la idea de depender de otras personas para realizar nuestras actividades, amén de los problemas de salud mental que se presentan a edad avanzada. Los estudios vienen demostrando que cuanto más vive una persona, menos le teme a la muerte y que las personas son más felices al principio y al final de sus vidas. No debemos tener miedo a envejecer, lo que debemos procurar es vencer los estereotipos basados en la edad y la discriminación que estos generan; nuestra sociedad discrimina por edad corta y por edad avanzada, sin tomar en cuenta muchas veces las capacidades de las personas. Hemos ido creando ‘ismos’, tales como racismo o sexismo, que no son otra cosa que prejuicios que crean brechas y enfrentamientos entre nosotros; de la misma forma como los hemos creado, podemos desaparecerlos paulatinamente. Así como no hay distinción por raza o sexo, por qué no pensar en la ausencia de la distinción por razón de edad. Los prejuicios encuentran sustento en la alteridad, viendo a otros grupos de personas como diferentes al nuestro, sea por raza, religión o nacionalidad. En el caso de la discriminación por edad, esta se alimenta de la negación: no aceptamos que vamos a llegar a viejos, siempre pensamos en vernos más jóvenes, se han creado productos “anti-envejecimiento”, sin embargo nuestro cuerpo sigue su destino.
Los adultos mayores no tienen por qué sentir vergüenza por su edad, tampoco le deben tener temor a su futuro. Los estereotipos son un error, sobre todo si se trata de la edad, una persona mientras más tiempo vive, más se diferencia de las otras. Es un error encasillar a la edad productiva entre los 20 y los 60 años; es un error pensar que las arrugas atentan contra la estética o que los ancianos son patéticos; la publicidad en los medios tiene gran parte de culpa de esa cultura popular. El temor al envejecimiento es un sentimiento natural, la preocupación por quedarse sin recursos, por padecer enfermedades, es algo genuino; en realidad la experiencia de la vejez será mejor o peor en función a la cultura que se desarrolle. El sexismo no se refiere al órgano genital, la homofobia no se refiere al amor entre personas del mismo sexo, ambos se refieren a los rótulos que les ponemos a las personas y la estúpida idea de creerlos diferentes a nosotros. Estamos discriminando a nuestros mayores y es algo que no tenemos por qué seguir tolerando, no podemos hacer que las transiciones naturales por el paso de los años sean una vergüenza para ellos, dejemos de ser manipulados por la industria cosmética o farmacéutica. El envejecimiento no es problema que se debe solucionar o una enfermedad que se debe curar, es un proceso natural por el cual todos vamos a transitar.
El cambio cultural es complicado, pero no imposible. Observemos cómo hemos cambiado respecto al lugar de la mujer en la sociedad y en el mundo, así como de los homosexuales. En pocas décadas se ha logrado el cambio, es el momento de deshacernos de otro binario: viejo-joven, no hay línea divisoria entre ambos. Cuanto más tardemos en afrontar ese concepto, más daños nos haremos nosotros mismos. Esta discriminación afecta la salud, el bienestar y los ingresos económicos, sus efectos se acumulan con el tiempo y se agravan por el sexo, la raza y la clase social. Debemos entender, de una buena vez, que la longevidad es un sello característico del progreso humano; pensemos en nuestro futuro y en el futuro de los nuestros, quienes vivirán mucho más que nosotros. ¡Hagamos del mundo un mejor lugar para envejecer!