En el Evangelio de Mateo se puede notar, en el primer capítulo, una sucesión de nombres que parten de una genealogía que pareciera interminable y provocaría una evidente confusión. La genealogía a la que hace referencia es a la de Jesucristo e inicia desde que Abraham engendra a Isaac, Isaac a Jacob y Jacob a Judá a sus hermanos. Luego, la sucesión es para aclarar los hijos de ellos, y los descendientes de cada generación hasta que, al final, Jacob (otro, por cierto, no el del inicio) engendra a José, marido de María, de la cual nació Jesús. Especifica el Evangelio que “todas las generaciones desde Abraham hasta David son catorce; desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce; y desde la deportación a Babilonia hasta Cristo, catorce”.

A propósito de ello, una de las versiones que señala el origen de la palabra “galimatías” es precisamente esta, ya que hace referencia al griego “Kata Mathias”, que significa “Según Mateo”. Incluso, el Diccionario de la Real Academia Española se ocupa de ello y señala lo siguiente: “Del fr. galimatias ‘discurso o escrito embrollado’, y este del gr. katà Matthaîon ‘según Mateo’, por la manera en que este evangelista describe la genealogía que figura al comienzo de su evangelio”. A partir de ahí, se exponen dos acepciones del término: 1. Lenguaje oscuro por la impropiedad de la frase o por la confusión de las ideas. / 2. Confusión desorden, lío.

Lo confuso o lo dificultoso de comprender se da, en gran medida, por la forma como se expresa. Es decir, no se trata, necesariamente, que el expositor no conozca el tema, sino que su forma de estructurar sus ideas y presentarlas resulta poco o nada entendible. La razón por la que se podría incurrir en ello incluso más confuso, aunque casi siempre se orienta a la búsqueda de refinar el discurso o tratar de abordarlo todo sin un orden. De ahí la importancia de mantener la organización no solo del todo sino de cada una de las partes que conforman el discurso.

En suma, no hay nada más importante y necesario que la claridad del mensaje, que está relacionada, a su vez, con el entendimiento. Si el contexto no lo amerita, a cualquiera le cuesta masticar tecnicismos y mucho más le costará digerir un lenguaje complejo o inútilmente rebuscado, confuso y desorganizado, que fácilmente llevaría a la intoxicación. Partiendo de esa premisa, no será admirable quien se expresa de manera confusa. Lo será quien, en la complejidad de un tema, lo vuelve asequible para todos con discurso comprensible.