El extraordinario éxito que ha tenido la serie de Netflix, Gambito de Dama, es asombroso e inexplicable. Un juego llamado hace mucho el deporte ciencia, con pocos adeptos y, menos aún, ilustrados en su teoría, resulta un boom en la televisión y su impacto es más grande que el de aquel inolvidable match por el campeonato del mundo entre el estadounidense Robert Fischer y el ruso Boris Spassky de 1972.

Mientras la compañía asegura que 62 millones de hogares han visto esta serie, la Federación Internacional señala que ha recibido más solicitudes de mujeres en estas últimas dos semanas que en los últimos cinco años. Así, al tiempo que la novela en que está basada la historia de la TV, ha vuelto a entrar en la lista de bestsellers del The New York Times, las búsquedas en Google relacionadas con el ajedrez se han cuadriplicado. Este mes, además, habrá 50 millones de niños en edad escolar inscritos en algún programa de ajedrez, cuando antes de la serie había 30 millones.

Pero acaso más revelador aún, es que el mundo comprueba lo que pocos anticiparon desde varias disciplinas: el carácter pedagógico y terapéutico del ajedrez en el aprendizaje de habilidades y estrategias para desenvolverse mejor en esa réplica casi exacta de la vida que es un tablero con las piezas puestas y el reloj andando.

No es sólo el escenario, el espacio, sino el tiempo, los que ambientan una partida. Y una partida es una historia. El problema central del ser humano -señalaba Ortega y Gasset– no es su vida sino lo que hace con ella aquí y ahora, es decir, cómo mueve sus piezas mientras el entorno las mueve también. No importa lo que quieras ser sino cómo te desenvuelves en la cancha para poder lograrlo. Tampoco lo que sabes sino cómo lo transformas en acción para ganar o rendir tu rey sobre su propio escaque.

Acotados por el espacio y por el tiempo, las personas labran su destino. Enfrentados al tablero y a la hora, debemos definir un resultado. Así como debemos ser y estar, debemos resolver una partida.

El bello ajedrez tiene orientaciones más o menos básicas: una buena apertura sirve para desarrollar las piezas; la idea clave es dominar el centro o propiciar una ruptura cuando el adversario lo logra; es en el medio juego en donde se decide la partida; un gestión correcta del final remata la contienda. Y todo ello en el tiempo que nos ha sido dado. ¿No pasa igual en cualquier vida?

La pedagogía y la psicología están aplicando prácticas y terapias, en especial con personas vulnerables, basadas en el ajedrez. Niños y ancianos están respondiendo a este gran estímulo y hallando en este símil, tablero y vida, una herramienta que sirve para vivir mejor.

La hermosa muchacha está mirando sus piezas distribuidas en el tablero que es el mundo. Mueve el peón a la casilla d4 y aprieta el reloj. Espacio y tiempo. Aquí y ahora. Empieza el gambito de dama que lo conoce cada vez mejor porque lo está jugando en la vida.

Y es una mujer.