Uno de los primeros poetas que leí fue Antonio Gamoneda, “Descripción de la mentira”, “Lápidas” y “Libro del frío”, fueron el eco que acompañaron mis todavía tempranos diecisiete, cuando en Trujillo, con la tutoría de Juan Paredes Carbonell, aprendí a leer a los surrealistas. Gamoneda fue el único poeta de mis lecturas anteriores que se mantuvo firme a pesar de lo que significó descubrir a Antonin Artaud y Tristán Tzara. Con Breton nunca me llevé bien, pese a ser el teórico de aquella pandilla de genios. Por eso, cuando un problema de salud, me impidió abordar el avión que me llevaría a Quito, al Paralelo Cero, al enorme festival del también enorme Xavier Oquendo Troncoso, la frustración fue grande porque precisamente el invitado de honor era Antonio Gamoneda. Me limité a observar las fotos que Leopoldo Castilla me enviaba al celular, a observar el fanpage del festival y a escuchar, desde mi lecho de convaleciente, al admirador de Vallejo, al poeta de León que camina en diálogo permanente con nuestro brujo mayor. Un año después, mi amigo Pedro Novoa me llamó para decirme que alguien quería comunicarse conmigo y que por favor reciba la siguiente llamada. Intrigado, y con la curiosidad de un gato, respondí inmediatamente la siguiente llamada: era Dennis Vargas Marín, decano de la facultad de comunicaciones de una universidad local, para decirme que se había enterado que el 25 de abril estaba de cumpleaños y que su llamada era porque un viejo amigo quería entregarme un presente para la memoria. Yo no entendía nada. “¿De qué se trata, dígame?”, pregunté.

“Sabemos que eres lector de Gamoneda, hemos aprobado una directiva en la que nuestra universidad aperturará, a partir de ahora, el año académico, con un Premio Cervantes. Nuestro invitado es Antonio Gamoneda y esta llamada es para invitarte a pronunciar el discurso de bienvenida”. Yo no cabía en mi alegría. Fue así como conocí a Gamoneda, aquí, en un local universitario de la periferia limeña. Por eso ahora que he recibido uno de sus poemas inéditos para la antología que preparo de poesía iberoamericana: “Dietario del Perú 1980. Vallejo, España”, no tengo sino palabras de agradecimiento para con el más noble de la generación española del cincuenta. “Vallejo, ciertamente, harto de hiatos y sollozos, huérfano de sí mismo, andaba con frecuencia/ intempestivo. Nadie atendía a sus diástoles ni a su evidente tráfico pensativo, nadie nunca / estimaba / su mandíbula pómez”, escribe y, cuando lo leo, siento, querido Antonio, que “mezclas la luz en el cristal sediento/ a intensidad y amor y sombra fría”·