Domingo García Rada fue un admirable catedrático de la Universidad de San Marcos, de reconocida calidad humana y ejemplar conducta democrática.

De mediana estatura, tez muy blanca, cejas arqueadas, contextura delgada, trajeado sobriamente, ingresaba al salón de clases saludando con una amplia sonrisa, que sus alumnos correspondemos; y algunas veces invitaba a la cafetería de la calle Tigre, en el centro de Lima, para conversar de todos los temas, exonerados de las barreras que impone jerarquía y la edad.

Distante de halagos, nunca contó sobre su actuación como magistrado durante el gobierno de Odría, que reprimía a quienes desobedecieran sus órdenes.

Así ocurrió en 1951, cuando el juez Pompeyo Osores, integrante de la sala penal de la Corte Superior de Lima, fue separado del Poder Judicial por votar contra el desafuero y detención del diputado Leónidas Rivera, director del semanario “Buen Humor”, revista que reprodujo un artículo sobre Eva Perón, que el mandatario consideraba dañino para las relaciones con Argentina.

En noviembre de 1955, Odría convocó a García Rada para pedir su voto contra un recurso de habeas corpus presentado por Bustamante y Rivero, para regresar del destierro. La negativa fue categórica: “Creo, señor presidente, que todo peruano tiene derecho a vivir en su país. No existe ninguna razón válida para que se impida el ingreso…y por eso creo que el recurso interpuesto es fundado”. De la insistencia, el general pasó a la amenaza: “En nombre del Perú yo le pido que vote en contra del ingreso del ex presidente […] Recuerde usted esto bien, señor doctor, yo no perdono a quienes no me sirven”. Su respuesta fue inolvidable: “Señor, yo no tengo dinero y vivo de mi sueldo de la Corte. No voy a dejar a mis hijos sino mi nombre. Mi honor es mi único patrimonio y no lo pierdo; si se lo doy a usted señor, ¿con qué me quedo? No puedo, señor presidente, mi conciencia es lo primero. No tengo nada y espero el sexto hijo en estos días, pero quiero dejarles mi nombre tan limpio como lo recibí”.

Esas palabras fueron, sin duda, lección de dignidad, guía de conducta para los jueces, porque su independencia constituye garantía de un estado constitucional de derecho.

En su libro Memorias de un Juez dijo que al salir de Palacio recordó los versos de Calderón de la Barca: “Al Rey la hacienda y la vida se ha de dar/más no el honor, que es patrimonio del alma/y el alma solo es de Dios”. En el episodio que vivió, para García Rada mantener el voto era resguardar su honor, venciendo la intimidación de quien en ese momento no era un Rey, pero sí un dictador.

Cuatro años más tarde del atentado terrorista del que sobrevivió milagrosamente, tuve el privilegio de almorzar con el viejo maestro y sus hijos. Mantenía, como antaño, los ojos traviesos y la sonrisa generosa, rostro bondadoso de un jurista satisfecho de haber legado a su familia y a la justicia una conducta honorable como blasón.