¿Pudo haber una cláusula constitucional que evitara que el presidente Leguía traicionara su propia Constitución de 1920, reeligiéndose en 1924 y 1929 con sendas reformas constitucionales, concentrando poderes para construir su ilusoria “Patria Nueva”? Posiblemente no, pues gran parte de los textos constitucionales funcionan de acuerdo a las condiciones sociales, políticas y económicas que la ciencia política analizará y teorizará después. En pleno auge económico, Leguía fue endiosado por las clases medias y los nuevos ricos que disfrutaron de significativas inversiones londinenses y memorables carnavales parisinos; pero cae arrastrado por la Gran Depresión.  Desde entonces, todos los presidentes quisieron parecerse un poco a ese hombrecillo astuto que sabía cuándo usar el sombrero bombín o el de copa. Amplio conocedor de las interioridades del ser humano, tuvo que exiliar al incómodo Haya de la Torre, pero le bastó becar a Europa a José Carlos Mariátegui.

¿Habría podido un artículo constitucional como el 227 de la Constitución de 1979 evitar el golpe de Estado de Velasco en 1968? Los apristas se sabían despojados de su triunfo por el golpe de 1962, y el periodo siguiente fue de un abierto enfrentamiento entre Ejecutivo y Congreso, dos gabinetes y hasta tres hubieran sido censurados, pues los apristas estaban mejor preparados para las elecciones parlamentarias que los acciopopulistas, dependientes del enorme carisma de Belaunde.  Sabemos ahora que con algunos Tribunales Constitucionales no es necesaria tampoco la segunda denegatoria de confianza, tal como determina la vigente Constitución. Sostengo que esos dos enfrentamientos estaban enmarcados por un fino baile constitucional, pero que el odio mutuo y el afán de venganza hubieran superado cualquier ponderación teórica.

El problema no reside en las disposiciones constitucionales, que como reglas cistercienses están supeditadas a las circunstancias políticas y a la naturaleza de las personas que las usarán con lealtad o con mezquindad. En términos literarios, nuestro endémico mal no reside en las normas sino en dos ogros insaciables, Gargantúa y Pantagruel. El primero nace de las elecciones presidenciales y el segundo de las elecciones parlamentarias.  Ambos exigen todo el poder, porque se autoperciben los representantes genuinos de la mayoría popular. Nadie se atreve a decirles que por Toledo solo votó el 36%, por García el 24%, Ollanta obtuvo el 31%, PPK un ridículo 21%, y Castillo tocó piso con apenas el 19% de verdadero respaldo. Ante ello, Pantagruel no respeta al débil presidente incapaz de construir consensos, mientras que Gargantúa lo quiere convertir en tirano. No se trata de cambiar de Constitución sino de cambiar de forma de gobierno.

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