Por: Francisco Bobadilla Rodríguez

George Orwell (1903-1950) es un ícono de la libertad de pensamiento y de expresión. Lo es, no sólo porque en sus crónicas, artículos y novelas (“Rebelión en la granja”, “1984”) defendió la libertad de pensamiento, sino porque lo testimonió con su vida. Socialista en política, se enroló como miliciano en Cataluña para defender al gobierno republicano enfrentado a las fuerzas de Franco durante la guerra civil española. Su mayor sorpresa fue la distorsión de los hechos por la prensa extranjera, incapaces de ir en contra de la corrección política de ese momento que se negaba a denunciar los atropellos de los propios republicanos, en cuyas prisiones no estaban los fascistas, sino los mismos revolucionarios republicanos.

Decir lo que se piensa, poder expresarlo claramente a pesar de las presiones exteriores, valorar los hechos y opinar sobre ellos son signos elementales de la libertad de pensamiento. Es lo que Orwell defiende en “El poder y la palabra. 10 ensayos sobre lenguaje, política y verdad” (Penguin Random House, 2017), una célebre selección de sus artículos, faros de luz que ayudan a navegar en las aguas agitadas de cierta cultura de la cancelación, que pretende apagar las voces de los opositores.

Orwell alertó contra las pretensiones insanas de abolir la libertad de pensamiento propias de todo totalitarismo (político, cultural, religioso). Un control del pensamiento por la vía de la fuerza física, la agresión verbal, de doble signo: “no solo nos prohíbe expresar –e incluso tener- ciertos pensamientos; también nos dicta lo que debemos pensar, crea una ideología para nosotros, trata de gobernar nuestra vida emocional al tiempo que establece un código de conducta (p. 64)”.

Aprender a vivir en libertad es un reto inmenso para todos, grandes y chicos, jóvenes y mayores. Conjugar estilos de vida y convivencia relacional toma su tiempo: es una tarea que hemos de ajustar de tiempo en tiempo. En el espacio público hacemos esos ajustes, precarios las más de las veces. Funcionan durante un tiempo y vuelta a corregir. En política, ni a unos ni a otros nos queda bien el papel de furibundos dioses que calcinen al disidente con sus rayos flamígeros.

En 1948, Orwell escribió: “La ortodoxia dominante, especialmente entre los jóvenes, ha sido la “izquierda”. Las palabras clave son “progresista”, “democrático” y “revolucionario”, mientras que los sambenitos que hay que evitar a toda costa que te cuelguen son “burgués”, “reaccionario” y “fascista”. Hoy en día, casi todo el mundo, incluidos la mayoría de los católicos y conservadores, es “progresista”, o al menos desea ser considerado así (…). Todos somos buenos demócratas, antifascistas y antiimperialistas, despreciamos las distinciones de clase, somos inmunes al prejuicio racial, etcétera, etcétera (p.157)”.

La “corrección política” no tolera la disidencia y tiene sus ministerios de la verdad (medios de comunicación con posición dominante, colectivos ideológicos) que dictaminan lo que debe creerse. Tiene su “nueva lengua”, como la Oceanía distópica de Orwell, con su vocabulario cada vez más reducido, pero tremendamente efectivo; son los “hashtag” de las redes sociales, palabras construidas que señalizan tendencias de la opinión pública fragmentada, delimitan tribus, condenan o aprueban. Han pasado más de setenta años de este escrito, qué actual sigue siendo. La libertad sufre hostigamiento. Esta vez tiene el rostro de la destemplanza, un movimiento pulsional que no tolera la discrepancia y expulsa al otro del espacio público.