En nuestro país, millones de personas están sumidas en la pobreza o pobreza extrema, viviendo en una economía estancada y divergiendo de los demás peruanos. En este contexto, resulta difícil ser optimista; nos sentimos impotentes frente a esta realidad, pero, aun así, debemos expresar una voz de esperanza, en el desafío que constituye el ansiado desarrollo. Podríamos ensayar una combinación de dos fuerzas que siempre tenemos con nosotros y que han venido cambiando el mundo: la compasión y el interés particular; los millones de pobres merecen esperanza creíble, así como tomar las cosas en serio.

Empecemos formulándonos la siguiente interrogante: ¿Qué hemos hecho y qué venimos haciendo por los más pobres? Las respuestas no serán nada positivas; sin embargo, estamos convencidos de que la ayuda representa gran parte de la solución. A nivel de Estado, debemos asumir que una economía de mercado implica la apertura al mundo y una liberalización comercial; no podemos volver a aislarnos, obviamente sin renunciar a nuestra soberanía; nuestra participación en las ligas debe ser mucho más proactiva, tenemos todo el potencial para hacerlo; nada nos impide tener un rol protagónico en el mercado global.

A lo largo y ancho de nuestro territorio nacional contamos con ingentes cantidades de recursos, los mismos que sirven de materias primas; éstas vienen inyectando cantidades de divisas nunca vistas, sus precios son muy altos y competitivos. Hace poco hemos descubierto grandes yacimientos de litio, mineral muy preciado en el mundo de la tecnología; este descubrimiento se localiza en el altiplano, una zona bastante deprimida en el ámbito socioeconómico; estos descubrimientos, que no son pocos, van a frenar la ayuda que necesita la población de esa zona. ¿Debemos o no ser optimistas?

Analicemos detenidamente la relación entre los ingresos por la exportación de materias primas y el crecimiento del país; a corto y mediano plazo, es maravilloso, al contar con grandes ingresos, aumenta la producción y el PBI; sin embargo, en el largo plazo , el resultado no es nada esperanzador; un estudio comparativo demuestra que aquellas sociedades de rápido crecimiento terminan peor que si no hubieran tenido ningún auge. El problema crítico es la gobernanza, específicamente la gobernanza económica; los países con gobernanza económica débil tienen un rápido crecimiento, pero no llegan al desarrollo; en contraposición, aquellos que tienen una gobernanza económica sólida, tienen un crecimiento lento pero sostenido. La complicación la tienen aquellos países que se encuentran por debajo del umbral de gobernanza, echemos una mirada a algunos países africanos que experimentaron un gran despegue, pero terminaron peor que antes.

La dinámica democrática es muy complicada; los dos grandes aspectos de la democracia: la competencia electoral para adquirir el poder y los controles y contrapesos que determinan cómo se usa el poder. Por un lado, la competencia electoral frena el crecimiento económico generando incertidumbre; por otro, los controles y contrapesos alientan el auge económico; esto nos demuestra que se necesitan controles y contrapesos de poder mucho más robustos. En nuestro Perú debemos mejorar la gobernanza, introduciendo más controles y buscando el equilibrio de poderes; existen normas internacionales que pueden servirnos de puntos de referencia en la gestión de los recursos obtenidos por la exportación de materias primas, una de ellas es la Iniciativa de Transparencia de las Industrias Extractivas, ésta establece que el gobierno debe informar a los ciudadanos sobre los ingresos que tienen; todos nosotros tenemos el derecho a saber qué obtiene el gobierno por la venta de nuestros recursos.

Nuestro Estado peruano requiere que su sociedad esté informada acerca de la dinámica política, para ello debemos construir una ciudadanía informada; los términos económicos deben expresarse en lenguaje sencillo, con canales comunicativos simples. Pongámonos de acuerdo en este imperativo, practiquemos una ciudadanía efectiva, el país nos necesita.

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