Gracias por enseñarme a ser fuerte, mamá. Gracias por aquellos años cuando en Cascas, o en Casitas, o en Trujillo, me entregaste las más puntuales lecciones de humildad y de nobleza. Pudiste elegir quedarte en el convento, adoctrinando niños o aconsejando a las familias sobre la importancia de los valores, pero te la jugaste por la vida, aún a pesar de tu temor al cielo, porque “una monja no puede enamorarse”, “porque pensar en casarse era pecado”.

Gracias por escuchar a ese corazón que, durante seis años, te habló del policía que empezó a soñarte cuando, sujetándote del brazo, escalaron, aquel 31 de mayo de 1970, hacia la loma de esa montaña. Gracias porque desde que tengo uso de razón no he dejado de imaginar aquella escena como quien recuerda su primera lección de amor: un hombre y una mujer, entre el gentío, enfrentando la destrucción, sobreviviendo al desastre, observándolo con la desesperación de quienes han visto el rostro blanco de la muerte, su brazo terrible golpeando el Huascarán, ocasionando el aluvión que sepultó Yungay y Ranrahirca. Y tú allí, mamá, tú y papá, allí, asediados por el miedo y la esperanza, sitiados por el frío y la catástrofe. Gracias por aceptar a papá, mamá.

Gracias por los hermanos que me diste porque, juntos, seguimos sorteado las pruebas y las adversidades. Gracias por no dejar que nos falte un pastel en nuestras fiestas de cumpleaños, gracias por la educación, por nuestros uniformes, gracias por ser la presidenta de la APAFA más buena de todas las escuelas y colegios, gracias por tu firmeza para asumir los desafíos, por aplaudir mi primer dibujo y por estar siempre adelante en las verbenas para escuchar a tu hijo recitando sus poemas. Gracias por mi convicción por la justicia, por este empeño por sembrar con libros y, aunque aún te debo el tuyo, permíteme que te escriba el corazón en mi columna, ahora que por la pandemia no podré refugiarme en tu regazo. Gracias por ser mi mamá, Mamá.