Desde el siglo XIX hasta comienzos del XXI la democracia norteamericana ha servido de ejemplo al mundo Occidental. La claridad y sencillez de su Constitución, la solidez de su clase política, el rigor de sus autoridades y la educación de sus ciudadanos le dieron brillo al sistema democrático contemporáneo, invitando a las naciones del orbe a incorporarse a ella en procura de la estabilidad, el progreso y bienestar que emanan de sus fundamentos democráticos, a los cuales Churchill brillantemente llamó “El peor sistema de gobierno inventado por el hombre, con excepción de todos los demás.”

Lamentablemente el tiempo corroe todo. No hablamos de los cimientos democráticos, sino de los hombres que los estropean interpretándolos según su particulares criterios, y aplicándolos de acuerdo a su conveniencia del tiempo. Cogiendo otra frase ajena, “la sociedad de 2020 es completamente diferente a la de 1700. Diré más. Si como por arte de magia pudiésemos trasladar a un habitante del año 1 hasta 1,700, apenas notaría diferencias en lo esencial de la vida; se adaptaría sin problema. Pero si trasladásemos a un habitante del año 1700 al 2020 literalmente, se moriría del susto.” Ocurre que la democracia nació en Atenas, la Grecia antigua, entre los siglos VII y IV antes de Cristo. Imaginemos la evolución que, desde entonces, ha tenido el mundo. Y sin embargo, las bases de la democracia siguen siendo las mismas. Es el hombre el que ha evolucionado y consecuentemente cambiado. Sobre todo a partir de la década del ochenta del siglo pasado, tras la irrupción de la cibernética como la ciencia que lo ha modernizado todo.

Para ser más amplios, desde entonces el hombre empezaría a jugar a Dios y a alterar –incluso transmutar- principios naturales, que van desde el clon hasta las alteraciones genéticas en los seres humanos. Esta soberbia del ser humano hizo que la democracia dejase de operar óptimamente para satisfacer los intereses del hombre post moderno. Desde entonces, la democracia es un estorbo para muchísimos “iluminados” que luchan por cambiar las reglas del juego universal para adecuarlas a sus caprichos. Ahí estriba esta inestabilidad global que cada día se torna más honda.
Lo ocurrido el miércoles en el Congreso de Estados Unidos –reiteramos, adalid de la democracia- representa un serio revés para la estabilidad y paz mundial. Porque sin la menor duda Norteamérica es –todavía- el país que lidera el planeta, y ha mantenido intacta la democracia y defendido su vigencia en la mayor parte del globo.

Por ello es inaceptable que el capricho –como todo mal perdedor- del todavía presidente Donald Trump haya puesto en jaque al Congreso estadounidense -una de las matrices de la democracia, junto a su par de Gran Bretaña- desnaturalizando la esencia del sistema democrático al colocarlo al servicio de su incalificable aspiración: viciar las elecciones estadounidenses de noviembre último, poniendo así a EEUU a nivel de país bananero. Hacemos votos porque la inteligencia de sus lideres políticos y académicos consigan superar este lamentable atentado contra la democracia, que enluta al mundo entero.