Se escucha estas últimas semanas grandes discursos en defensa de la democracia y la necesidad de “preservarla” ante cualquier amenaza golpista o intento de no respetar los resultados de los comicios del 6 de junio. Se presiona al Jurado Nacional de Elecciones para que, de una vez, proclame como ganador al candidato Pedro Castillo y cerremos este capítulo angustioso de espera.

Estos discursos parten de una premisa falsa o, en el mejor de los casos, superada por la realidad. La democracia como fundamento de la vida política y social de los peruanos ha desaparecido hace tiempo. La institucionalidad que debía sostenerla, se cae a pedazos y carece de legitimidad para un importante segmento del país. Las vallas más extremas de la Constitución para el ejercicio del control político de los poderes, fueron superadas con una disolución trucha del Congreso (apelando a la “interpretación auténtica” de una supuesta “denegación fáctica” de la confianza a un Gabinete ministerial que luego fue, sorprendentemente, avalada por una mayoría oficialista del Tribunal Constitucional) y la vacancia del jefe de Estado sucedida de un caos donde la algarada callejera puso las reglas y permitió ungir a Francisco Sagasti como presidente en reemplazo de Manuel Merino.

Desde entonces, la calle es el escenario de dilucidación de los asuntos públicos. Y si agregamos que la reforma política incompleta ha determinado que dos candidatos, con 11 y 9 por ciento de votos emitidos a su favor, pasen a la segunda vuelta, así como la elección de un nuevo Parlamento donde solo está representada el 44 por ciento de la población, hablar de democracia en toda la extensión de la palabra es una broma de mal gusto.

Hay quienes hemos previsto hace mucho tiempo, años antes que los birlibirloques electorales nos dieran la espantosa alternativa de votar por Pedro Castillo o Keiko Fujimori, este escenario de desencuentros, insatisfacciones y anarquía. Lo lamentamos profundamente por coincidir con la conmemoración del bicentenario de la declaración de la independencia de España, lo cual no es lo mismo que hablar del nacimiento de la república. No somos república como está harto demostrado en diversos estudios y ensayos. No hay nada que cuidar ni preservar. Hubo mucho que construir y no se hizo a tiempo.

Por eso me temo que lo más cercano a nuestras vidas es la guerra civil. Esa indeseada opción a la que no se le aplasta con golpes de pecho o proclamas reconciliadoras careciendo de base común para entendernos. Nos separamos del dominio español en medio de una, todo el resto del siglo XIX la vivimos con los caudillos, durante el XX la oligarquía se la declaró al Apra, y en los años 80 Sendero Luminoso y el MRTA la plasmaron con 70 mil muertos como resultado.

Es un pronóstico y no un deseo. Ojalá esté profundamente equivocado.