Queridos hermanos:

Estamos en el segundo Domingo del Tiempo Ordinario. La primera Palabra de este domingo es la llamada que Dios hace a Samuel. Dice que “Samuel estaba acostado en el templo del Señor, donde estaba el arca de Dios”. En el arca habitaba la Palabra, razón por la cual, los israelitas siempre la llevaban delante de la procesión para vencer todas las batallas. Por eso, hermanos, es muy importante que estemos junto al arca, junto a la Palabra, para combatir los demonios que tenemos en el corazón y las pobrezas, que llevamos todos, de nuestros pecados en la convivencia diaria. Dice que “el Señor llamó a Samuel, y él respondió: Aquí estoy.” Luego fue corriendo a donde estaba Elí y le dice “¿me has llamado tú?”, a lo que Elí responde “no te he llamado, vuelve a acostarte”; y así ocurrió tres veces. Luego de esto Elí le dijo a Samuel: “Anda, acuéstate; y si te llama alguien, responde: Habla, Señor, que tu siervo escucha.” Dios nos está hablando a todos con la covid y con tantas dificultades que tenemos para poder amar. Dios nos invita a una cosa importante: hacer su Voluntad, que es entrar, cada día, en la cruz que Él nos pone para llegar a ser cristianos. Dice que Samuel le responde al Señor “Habla, Señor, que tu siervo escucha”. Samuel crecía y Dios estaba con él y llegara a convertirse en un gran profeta y todo cuanto Dios le había dicho, se cumplió.

Por eso respondemos con el Salmo 39: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”. “Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y, en cambio, me abriste el oído”. “Entonces yo digo: Aquí estoy”. “Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas”

Que el Señor nos conceda, queridos hermanos, llevar en nuestro corazón, en nuestras entrañas a Dios y podamos presentarlo al hombre de hoy. Por eso, hermanos, convirtámonos al Señor.

La segunda Palabra es de San Pablo a los Corintios, en donde nos dice que el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor. El cuerpo no está para que cada uno haga lo que le plazca. Por eso dice San Pablo “¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?” Por eso huyamos de la fornicación. Estamos en un mundo en donde la fornicación es una fuente de placer momentánea, pero en donde después se experimenta la muerte. Recuperemos el cuerpo, hermanos, y para eso hace falta el Espíritu Santo, para respetar y amar al otro como Dios nos ama. Dios nos ha comprado pagando un precio muy alto, dando su sangre, para sacarnos de la esclavitud de la fornicación. Por tanto, Dios nos ha destinado a glorificarle con nuestro cuerpo, es decir, en “La liturgia del cuerpo”; como diría San Juan Pablo II.

El Evangelio, que es de San Juan, nos dice que él estaba con dos de sus discípulos y fijándose que Jesús pasaba dijo: “Éste es el Cordero de Dios” y sus dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús, volviéndose, les preguntó: “¿Qué buscáis?”. Esta pregunta nos hace también hoy el Señor: ¿Qué buscas? Nosotros podríamos decir como estos dos discípulos: Maestro ¿dónde vives?, es decir, ¿qué ofreces? y Jesús responde: “Venid y lo veréis”. No da razonamientos ni pensamientos, sino que les invita a ir con él, a ver y oír. El cristianismo es precisamente esto: ver y oír. Si oyes y ves que Dios te ama, eso es lo que te quiere revelar hoy el Señor. El Evangelio dice que fueron y se quedaron con él. Uno de ellos era Andrés, hermano de Simón Pedro, quien también es llamado y a quien Jesús, viéndole, le hace una profecía: Ya no te llamarás Simón, sino Cefas (que significa Pedro).

Pues bien, hermanos, hoy el Señor no está llamando a seguirle. ¿Qué fuerza experimentaron los discípulos para que dejándolo todo le siguieran? Hermanos, sigamos a Jesús y seremos mucho más felices, no nos detengamos en nuestros conflictos, en nuestros problemas, en nuestros pensamientos, sino que en la Voluntad de Dios que quiere que seamos felices. Esto es lo que hoy nos ofrece el Señor y lo que yo pido para ti: que busques el Reino de Dios y todo lo demás se te dará por añadidura.

Ánimo hermanos, que Dios ha ofrecido su cuerpo para salvarnos de la muerte.

Que el Señor os bendiga.

Obispo emérito del Callao