A seis semanas de llevarse a cabo las Elecciones Generales 2021 no es claro aún qué candidatos presidenciales pasarán a segunda vuelta, pero de lo que sí hay certeza es que ninguno goza de las preferencias electorales que les augure obtener la mitad más uno de los votos válidos para alzarse con el triunfo en primera vuelta. La indiferencia, el desánimo, si se quiere la rebeldía del ciudadano de a pie, de involucrarse particularmente en esta campaña electoral que definirá a nuestros representantes en el Ejecutivo y Legislativo para los próximos cinco años, obedece claramente a que sus prioridades, hoy por hoy, son sobrevivir al letal covid-19, “parar la olla”, cachuelar en lo que fuere, ya que con la contracción de la economía fruto de la pandemia y de las poco efectivas medidas adoptadas por el Ejecutivo para mitigar su impacto, el desempleo cunde; y a más de esto porque el país está “desmoralizado”, la crisis de ética y moral a causa del escándalo “Vacunagate” (el uso indebido de las vacunas chinas Sinopharm por parte de una élite política y de científicos que ya investiga la Contraloría General, Fiscalía y Congreso de la República), ha minado el ánimo del poblador y generado en grado superlativo “anticuerpos” a todo lo que se relacione con la política.

No obstante, no podemos desentendernos de las Elecciones Generales en curso y si no tomamos posición por alguna candidatura o partido, corremos el riesgo de que el próximo inquilino de Palacio de Gobierno sea alguien no idóneo para las actuales circunstancias de crisis sanitaria y social que atraviesa el Perú, al que prácticamente hay que “reconstruirlo” tanto en lo moral como en lo económico, ya que está claro que su conciencia moral ha sido cauterizada por la corrupción y discriminación que ha penetrado todos sus estratos socioeconómicos.

No juguemos al ausentismo para los comicios, salvo claro, por razones de salud o fortuitas, porque esta figura NO está regulada en nuestra legislación como causal de nulidad de elecciones generales (presidenciales y congresales); así sea magra la cifra de votantes, esta se convalidará como legal (recordemos que nuestro promedio de ausentismo es del 17.2% desde el 2000, según la ONPE), por lo cual una minoría nos impondría autoridades de las que no nos sentiríamos representados. Y tampoco apelemos al voto nulo o blanco, porque éste tendría que superar los dos tercios de votos emitidos, algo materialmente improbable de acuerdo a nuestros antecedentes electorales.

Habrá que hacernos al dolor y echarnos a ver los debates y entrevistas de los candidatos en los medios de comunicación, analizar propuestas, conductas, gestos democráticos, orígenes políticos (no tránsfugas), posturas (que no se corran al debate, ni que caigan en la vulgaridad). A la verdad, no es muy variada la oferta electoral, pero ya está, “es lo que hay”, debemos escoger, aunque nos signifique el “mal menor”.