A dos años de la trágica muerte de Alan García, provocada por un miserable apellidado Vizcarra, al peruano común y corriente le envuelve un manto de desorientación. Perú está desconcertado, ad portas de su ya bicentenaria historia republicana. La ausencia definitiva de un verdadero líder político; de un conocedor de nuestra idiosincrasia; de un personaje culto, preparado y hombre de Estado, como lo fue García, agrava la atroz sensación de abatimiento que aflige el país. De estar vivo, y no siendo candidato presidencial ni congresal, García asumiría hoy la voz de los peruanos de la clase media para orientarlos al momento de emitir su voto de conciencia, como única salida para evitar la cubanización del país entregándoselo a un sindicalista hipotecado al chavismo y al marxismo más brutal, como es la ideología senderista escrita por el genocida guzmán reinoso. Hoy, sin embargo, no existe una voz autorizada con el verbo, la sagacidad, intuición y experiencia que tuvo García. Un hombre capaz de aglutinar las mentes lúcidas, inclusive las menos capaces, con esa retórica y experiencia de quien conociera, desde dentro, la realidad de esta nación. Esta ausencia de un caudillo que supo -por experiencia- las perfidias del socialismo y, reconociendo sus yerros, fue capaz de convencer al país disculpándose por su equivocación, resultando electo presidente por segunda vez. Como consecuencia, Alan II ha dejado, para la historia, una de las mejores gestiones. A través de ella el Perú creció anualmente por encima de seis y medio puntos del PBI, alcanzando una reducción de nuestra atávica pobreza superior al cincuenta por ciento. Todo en medio de una paz social; de la recuperación del déficit de infraestructura, básicamente en sectores como Salud y Educación, herencia de la revolución militar golpista y los gobernantes neosocialistas que vinieron después, responsables de los males actuales del país; de una libertad de opinión impecable; del respeto total -como debe ser- a las libertades públicas y a los derechos universales; y, asimismo, de la formación de un talante emprendedor entre la gente, como pocas veces ha transpirado este país, motivándose así un quinquenio de ejemplar progreso.
Alan García -como lo fue Luis Bedoya Reyes en sus tiempos- hubiese sentado cátedra entre toda la sociedad preparándola para asistir al acto electoral premunida de la verdad; para que, al votar, adoptase conscientemente su decisión. Jamás la habría dejado a su aire, admitiendo que cumpla con su deber constitucional ejecutando un acto meramente formal, sino enseñándole a ejercerlo como un hecho de extrema seriedad. En concreto, que alegremente usted, amable lector, no dé su voto a un desconocido extendiéndole un poder amplio y general para que éste, ya instalado en palacio, haga lo que quiera con SU vida, salud y hacienda. Esta acción temeraria no la hubiese permitido un político de polendas -al que jamás imputaron por corrupto ni autócrata- como Alan. Vizcarra, culpable del trance que nos encamina al comunismo, movió fichas entre la fiscalía, los medios y la policía política para forzar a García a adoptar la fatal decisión que conocemos.