Durante el siglo XIX, y gran parte del siguiente, la división política se restringía a partidarios de gobiernos civiles y adherentes a caudillos militares; en ello no había ideología, todo dependía de si el gobierno era de los amigos o de los adversarios. Las convicciones se encontraban recluidas en las escasas universidades donde algunos catedráticos, liberales o conservadores, trataban de difundir lo que hoy llamamos principios democráticos, pagándolo muchas veces con el exilio forzado o la expulsión del claustro. Desfilaron Salaverry, Santa Cruz, Gamarra y Castilla, tratando de conquistar el poder para beneficio personal, más que para concretar su visión de país. Los visionarios nunca lograron la presidencia, Monteagudo, Sánchez Carrión, Haya, Mariátegui ni Víctor Andrés Belaunde; esa fue la desgracia del Perú.
Nuestro país no ha sido realmente gobernado desde el imperio de los quechuas y del virreinato de los castellanos, porque ellos, que supieron construir sendos proyectos políticos, entendieron la complejidad social y cultural de cada pueblo conquistado; designaron a súbditos locales como responsables de adecuar las leyes a la realidad, con una razonable autonomía; la institucionalidad y eficiencia de los cacicazgos nunca pudo ser reemplazada durante la República, generándose conflictos irresueltos a lo largo de generaciones. En las ciudades podemos observar que la mayoría sobrevive al margen del Estado, y se toma con humor criollo el afán legislativo de cambiar la realidad desde las páginas de El Peruano; obviamente, la realidad en el interior es peor, sin propiedad registrada, inversión ni tecnología, por tanto, con productos agropecuarios usualmente desprovistos de la calidad necesaria para ingresar al mercado internacional.
En esas condiciones hemos sido convocados a elegir a un nuevo inquilino de Palacio de Gobierno, el mismo que, posiblemente, querrá imponer sus ideas, sin consensuar ni entender la complejidad del país, tal cual hicieron los anteriores caudillos. Hacer política no consiste en imponer un programa, sino en lograr amplios acuerdos que sirvan para solucionar los grandes problemas nacionales. Con todo, nos permite albergar una esperanza el que los candidatos auspiciados por Odebrecht hayan sido derrotados el domingo, a pesar de los recursos utilizados a su favor. Corresponde ahora a los dos ganadores no solo ir a la caza de los electores moderados cercanos a su programa, sino el limitar los mutuos ataques para propiciar un acuerdo político que les permita luego intentar gobernar un país sin tradición política y refractario a la ley; y de manera ideal con el fin de la confrontación, reiniciar la construcción de la Nación, entendida como la promesa de un porvenir compartido.