En nuestro país, existen lugares donde las personas luchan todos los días por su sobrevivencia, sin poder siquiera obtener una comida; de hecho, en estos momentos, hay personas que no han ingerido bocado alguno. Esta situación no solo debe preocuparnos, también debe importarnos; pensar en el hambre debe llevarnos a pensar que nosotros, nuestra familia o nuestros antepasados han experimentado ello; este problema no es menos importante que la paz, la seguridad o la estabilidad económica; el hambre puede llevar a desencadenar disturbios, los cuales se inician con la subida del precio de los alimentos o la escasez; a lo largo de la historia mundial se han presentado conflictos de esta naturaleza, vivimos en una era donde predomina la ciencia y la tecnología, sin embargo no hemos logrado -como humanidad- garantizar que todas las personas puedan alimentarse.

La gente tiene que comer, el hambre no es negociable; es desgarradora la imagen de una madre tratando de amamantar a un bebé cuando no se ha alimentado y no tiene ni una gota de leche. Nos vanagloriamos de la tecnología y de los sistemas, no obstante, siguen muriendo personas por hambre o por las consecuencias de éste; no se trata del coronavirus, del VIH o de otras enfermedades pandémicas o epidémicas, se trata de algo tan elemental como es el alimento de nuestros semejantes; paradójicamente, la mitad de la población es obesa y la otra mitad está desnutrida; los estudios clínicos han demostrado el grave daño que la anemia y la desnutrición ocasiona en los niños, siendo irreparable; esta situación tiene un gran impacto en la economía, tal vez así logremos tomar conciencia.

Los gobiernos de turno promueven la lactancia materna, sobre todo en los primeros meses de vida; para ello, la madre debe estar bien alimentada y gozar de buena salud. Hace poco tiempo un compatriota nuestro logró desarrollar y patentar unas galletas anti-anemia; lamentablemente, no recibió el apoyo necesario para llevar ese producto a gran escala; iniciativas como ésta deben recibir todo el apoyo del gobierno y del sector privado, contribuyendo a erradicar la desnutrición.

La alimentación escolar ha demostrado su eficacia, a pesar de los errores; se debe priorizar el consumo de productos agrícolas locales, inyectando liquidez a la economía local; especial interés deben merecer las niñas, quienes en un futuro van a ser quienes traerán al mundo a nuevos seres, sin perder de vista que la desnutrición se transmite de generación en generación. Es incomprensible que exista hambre donde hay alimentos, el problema es el poder adquisitivo; la comida puede estar allí, pero no puede ser comprada.

Nuestro vecino, Brasil, el gigante sudamericano, emprendió hace algunos años una gran iniciativa: en vez de repartir subsidios alimentarios, invertir en alimentación escolar, donde un tercio de los alimentos proviene de los pequeños agricultores locales; este programa alentó a las economías locales y sacó a millones de personas no solo del hambre, también de la pobreza, creando nuevas y mejores oportunidades.

El costo económico de la desnutrición y el hambre es muy alto, el costo lo asumimos nosotros como sociedad; no podemos permitirnos el lujo de desatender el acceso a una alimentación y nutrición adecuadas y asequibles para todos, sin distinción; si alguien padece hambre en un nuestro país, no es culpa de esa persona, es responsabilidad de todos nosotros.

Estamos en pleno siglo XXI, en un momento donde no podemos aceptar que nuestros niños se despierten y no tengan qué comer; erradicar el hambre es una necesidad, para ello, debemos cambiar nuestra forma de pensar y actuar; debemos soñar con el día en que le contemos a nuestros nietos que hubo un momento en la historia donde los niños morían de hambre o vivían desnutridos. Asumamos nuestra responsabilidad.

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