Columnista - Harold Alva

El consagrado retorno de Antonio Cillóniz de La Guerra

Harold Alva

Escritor, editor y analista político. Ha publicado una veintena de libros, entre los que destacan Lima: la épica del desastre (2012) y Ciudad desierta (2014). Dirige los Seminarios Abiertos de Formación, Editorial Summa y el Festival Internacional de Poesía Primavera Poética.

15 dic. 2019 01:50 am
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Antonio Cillóniz de la Guerra afirma que para él no existe una generación del 60 sino una a la que bien se le podría denominar la generación poética del 68. Lo explica bien: las primeras obras de la promoción de poetas que empezaron a publicar durante los primeros años de la década del sesenta no rompían con ningún rasgo estético de los poetas del 50. En efecto la poesía publicada hasta ese entonces por Corcuera, Heraud, Cisneros, Juan Cristóbal, Martos y César Calvo bien podría leerse como una continuidad de las obras de Valcárcel, Scorza, Romualdo, Rose, Florián, Ruiz Rosas, o Bueno. Temática y estéticamente. Esto no involucra a los llamados puros: Eielson, Varela, Belli, Sologuren, ellos iban por otra ruta; la suya fue una apuesta por el lenguaje como campo de batalla donde los acontecimientos sociales no estaban exentos de poetización, pero sí resultaban limitantes. Fueron también los años del boom latinoamericano. Los años cuando empezaron a leer a Vargas Llosa, a García Márquez, a Fuentes y Cortázar, por citar a los fundadores. En ese contexto irrumpió Antonio Cillóniz de la Guerra.

El poeta peruano que partió a España para estudiar filología románica en 1961 y que publicó por primera vez en el Perú en la revista Cuadernos trimestrales de poesía, un adelanto de lo que fue Verso vulgar, el año 1967, libro que publicara en su totalidad, en Madrid, en 1968. Hace dos años presenté Concierto para verso y prosa, su obra poética reunida en 12 tiempos; es decir, 48 libros escritos desde 1965, hasta el año 2016. Doce libros, el doce como múltiplo de tres, el doce como cifra relacionada al tiempo y cada tiempo: tres libros, como el polígono al que llamamos triángulo. Por eso me atreví a interpretarlos con sus ángulos, sus lados y sus vértices como puntos de apoyo para entender la estética de un hombre que no ha dejado de escribir desde que publicó por primera vez en Trujillo, ciudad donde perpetró su primer retorno y que, ahora, ha sido reconocido con el Premio Nacional de Literatura.

Te aplaudo de pie, querido Antonio.

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