Harold Alva

Harold Alva

APUNTES DE OCCIDENTE

Acerca de Harold Alva:

Escritor, editor y analista político. Ha publicado una veintena de libros, entre los que destacan Lima: la épica del desastre (2012) y Ciudad desierta (2014). Dirige los Seminarios Abiertos de Formación, Editorial Summa y el Festival Internacional de Poesía Primavera Poética.



El mundo de Papá en una pelota

De niño, junto a Papá, departíamos días maravillosos: jugar era, entre tantas actividades, la preferida. Nuestra pelota fue mágica, única. La escogíamos, algunas veces, entre piedras tiradas en los caminos; otras, entre latas oxidadas; otras, hechas de trapos viejos que hurtábamos a los espantapájaros, a quienes dejábamos desnudos; pero la engreída, fue una de verdad, un tesoro que solía esconder entre matorrales del viejo rosal en nuestro pequeño huerto, una de plástico color rojo opaco, desteñida en épicas jornadas de inigualables alegrías: después de un abrazo, fue el mejor regalo.

Para que la pelota nunca se perdiera la dibujé. Solo se compara con este mundo lleno de dificultades y de incertidumbres; la pinté multicolor, como quien grafica alegrías y penas y como quien imprime en ella todo lo vivido. Apenado, debo confesar que el día que partiste también la perdí, vi que “Lentamente ascendió el balón en el cielo” como lo dijera Günter Grass. Estoy seguro que en ese reino sigues conservándolo para nosotros porque fuiste un fuera de serie, un “árbitro, domador de jugadores, director de bravura” como lo escribió el poeta Miguel Hernández.

Disfrutabas enseñándonos a no ensuciar el trabajo, desde el pitazo inicial hasta el último minuto; también a no desinflar la pelota para mancharla y deshonrar el juego limpio: todo eso porque tenías un corazón gigante del tamaño de tus callos, canas y arrugas. Tenías eso que se llama amor paternal: eso que los hijos de estos tiempos buscan en los supermercados, esos siniestros enlatados que nos ofrecen al por mayor haciéndonos creer que es amor moderno, esas estafas endiosadas que los padres de hoy estamos inexplicablemente aceptando.

Ahora entiendo por qué estamos renunciando a ser padres; ahora entiendo el brillo de tu sudor y la limpieza de tu frente, ahora entiendo la ceremonia de enraizar sanas costumbres en el campo de juego y de la vida; ahora comprendo por qué cada día tenemos menos balones, menos espacios para jugar y menos vida. Siempre nos dijiste que ser PADRE es ser HIJO al mismo tiempo. Eso extraño y no acepto olvidarte.

Donde estés: ¡Feliz Día, Papá!



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