Por designio de los dioses, el ganado de Augias, rey de la Élide, se convirtió en el más numeroso de la Grecia milenaria y sus establos, en los más grandes. En esa tierra mítica, Heracles -Hércules en la mitología romana- asombraba a los dioses y a los hombres con su colosal fuerza.

Para humillarlo, Euristeo le impuso el trabajo de limpiar dichos establos en un solo día, porque como nunca se los había limpiado, acumulaban una cantidad increíble de excrementos. Así el gran Heracles, vencedor de monstruos y demiurgos, se vio ante la insólita posibilidad de ser derrotado por las heces.

Pero Heracles ganó. Desvió los ríos Alfeo y Peneo, y los llevó a través de los establos por un canal que él mismo había construido. Los ríos arrastraron toda la suciedad y en sólo unas horas las tierras de Augías estuvieron completamente limpias.

No es algo que podamos hacer nosotros a ningún nivel, aunque no existe quien haya tenido alguna vez, como Heracles, todo el mundo sobre sus hombros. Sabemos que los establos están allí porque los caminamos y sentimos su hedor, pero no podemos negar que en ocasiones y en algunos atajos huelen como las flores o la tierra húmeda.

En nuestro mundo interior hay establos y paraísos. El árbol que da manzanas de oro como las del jardín de las Hespérides y los demás que dan las que se pudren en cualquier huerto. Las últimas son muchas más, es verdad, pero eso no quita que a las primeras las tengamos en las manos en algún instante de nuestras vidas.

Nuestros demonios interiores pacen en los establos de nuestro inconsciente individual y colectivo. Son persistentes y perversos pero quién no los tiene. Son los jardineros del árbol del mal del paraíso mitológico. Luchar contra ellos es nuestra tarea, para que no emerjan, para que no llenen de estiércol nuestras vidas, para que no nos impidan saber que hay también ángeles y arcángeles en nuestro derredor.

Por eso como Heracles, nuestra tarea es limpiar esos establos cada día, no dejar que la basura se acumule, porque nosotros, frágiles y torpes, no podemos desviar ríos ni construir canales dentro de la consciencia. Podemos soñar, es cierto, pero si no limpiamos los establos, un día su hedor nos lo impedirá irremisiblemente.

Pero, en nuestro país cómo limpiamos nuestros establos, que como los de Augias, nunca se han limpiado. Cómo hacemos para salir en medio del barro y de las miasmas a decir que aquí estamos, cómo para desmentir de alguna forma que nuestra más honda constate es la frustración, que algunas, aunque sea algunas de nuestras eternas promesas se han cumplido.

Casi todos los que los que juraron intentarlo, resultaron siendo ídolos de barro, tigres de papel, pájaros de mal agüero. Por qué no hubo un lugar de décadas para el caballero de los mares o para aquel que dijo que en donde se ponía el dedo saltaba la pus.

Y mientras tanto, Herácles -como el lobo bueno de Francisco de Asís- duerme en su covacha.