Escrito con la fuerza de la delicadeza, escrito siguiendo orden estricta del procedimiento para abrir y cerrar los ojos en esta invasión llamada nueva normalidad. En suma, escrito para armarse y enfrentar los oscuros amaneceres. Eso descubro en Horarium, el último poemario de Vanessa Deacosta. Cada verso es nueva revelación para el lector, para quien duerme, para quien sueña y para quien sin saber, existe. “Este es, sin duda, el último de mis sueños, pues no ha de ser un presagio contemplar frente a un espejo cotidiano este mar de alfileres clavados en mi lengua”. Escrito sin pausa, 24 interminables horas de poesía, horas sin hacerle caso al ejército de los males agazapados en tu propia puerta, 24 incansables horas pechando a la muerte, a la indiferencia y al olvido, 24 horas de victoria de la vida. Escrito para ofrendar lo sagrado en un rito donde se trasciende al espíritu.
Horarium es un poemario para conversar frente al espejo, es arma que se enfrenta a las cartas, a las vibras malas de los naipes, a los trucos escondidos en las espaldas de cartas que se ufanan ser astrales porque la rutina es un infierno que va destruyéndonos, es esa mancha negra que se va tragando las horas y todas las ecuaciones formuladas para mantener viva la luz y los sueños y encontrar al final del túnel el verso que marca su espacio, enfrentándose a las extrañas horas y a los extraños sueños. “Yo, vestigio del vientre de Eva, heredera del exilio y en uso de mis plenas facultades escogí a la muerte como forma de vida”.
Solo la poesía es capaz de alinearnos con las horas extras que vamos descubriendo en la vida y éstas son siempre un punto de partida, un nuevo sueño porque “las historias comienzan siempre de cero tal como las imaginamos”. La lectura de Horarium ayuda para ubicarnos en el momento exacto, a encontrar el anillo que calce en el dedo. Sus versos son reflexiones para aterrizar en la playa y navegar aguas adentro mientras disfrutas del menú elegido “…generosamente servido, empaquetado con mi nombre mal escrito, como de costumbre, pero eso no le importa al hambre y mucho menos al vientre vacío…” y sentarse en la orilla para pintar un cuadro de cómo saciar el espíritu y de paso el hambre y hacerse fuerzas para seguir soñando en este valle de lágrimas.

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