Cuando algunos pensaban que el presidente Pedro Castillo había conjurado la voluminosa crisis política de sus primeros dos meses y medio nacida al amparo del carácter provocador, misógino, homofóbico y vulgar del premier Guido Bellido, la segunda etapa con la reemplazante Mirtha Vásquez pareciera un pantallazo de la restauración borbónica: vuelven los impresentables sin haber aprendido ni olvidado nada.

Ya estaba referido en todas las tiendas y opiniones más sensatas el titular del Interior, Luis Barranzuela, lleno de agujeros éticos y funcionales desde los tiempos que fue policía y acumuló nada menos que 158 sanciones. También por sus arengas en contra de la erradicación del cultivo ilegal de la hoja de coca. Lo último fue el destape de su defensa legal (ciertamente fracasada) de los hermanos Aybar Cancho, procesados y condenados por el tráfico de armas hacia las FARC.

Se suma la vergüenza de la designación de Richard Rojas (involucrado en el caso judicial de Los Dinámicos del Centro) como embajador en Venezuela, lo que normaliza las relaciones diplomáticas con la Venezuela del sátrapa Nicolás Maduro. Y ello luego que Rojas no recibiera el beneplácito de Panamá para el mismo cargo.

Y ello en medio de la ruptura de la bancada de Perú Libre, las amenazas de Vladimir Cerrón y Bellido, las satisfacciones directas e indirectas que Castillo les da a estos pese a la apariencia de enojo, el copamiento sistemático del aparato estatal por parte de cerronistas y castillistas, algunos con más prontuario que acreditación académica o experiencia pública.

Tantas acciones siniestras en las alturas del poder político, con protagonistas retorcidos y despreciables, trae a colación la serie televisiva estadounidense promovida por Netflix que nos cautivara los últimos cuatro años. Aludo ciertamente a “House of cards” cuyo inverosímil capítulo final (el asesinato de un ex asesor en pleno salón Oval de la Casa Blanca a manos de la presidenta) no desmerece sin embargo la trama completa llena de intrigas, acomodos y venganzas.

Pero comparar a Castillo con Frank Underwood puede resultar exagerado. No debido a la menor inescrupulosidad del primero sino por la sólida –aunque perversa– inteligencia del segundo. Tampoco podría igualarse en grado alguno las ambiciones de Claire con la discreta ubicuidad de nuestra primera dama. A falta de una secretaria de Estado como la severamente legalista Katherine Durant, el chotano solo tiene a la señora Anahí Durand en el Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables, cuota oportunista del partido de Verónika Mendoza.

Quizás no faltan los Raymond Tusk que con su plata tejen influencias detrás del primer mandatario (Segundo Sánchez, el dueño de la residencia presidencial de Breña). Ni los Douglas Stamper que no lo dejan ni a sol ni a sombra (Bruno Pacheco). Y por supuesto, ya levanta cabeza Zoe Barnes, los y las periodistas que por su naturaleza ayayera relativizarán los desaguisados gubernamentales a cambio de primicias u otras prebendas.

No vivimos un “House of cards”. Esto es, damas y caballeros, “House of pukas” (puka=rojo en quechua).

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