Hugo Guerra

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ESPOLÓN DE PROA

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La cínica confesión de la izquierda

La confesión tardía de Susana Villarán no solo la condena a ella, sino también a todo ese sector de izquierda arrogante y pretencioso que se autoconsidera “la reserva moral” del Perú. Su concepto de la política y sus métodos de copar el Estado, simplemente, dan asco.

Desde que se postuló a la alcaldía en el 2011 fui su opositor radical por dos razones fundamentales: su ideología típicamente socialconfusa y su incapacidad evidente para gobernar Lima. El tiempo me dio la razón, el municipio metropolitano se convirtió en un antro plagado de pseudointelectuales, vagos, pulpines y dirigentes de partiduchos neomarxistas que solo tenían como objetivo chupar la teta del Estado ante su incapacidad para ganarse la vida competitivamente como cualquier peruano.

El copamiento de la ciudad lo empaquetaron con la típica retórica comunistona. Postulaban “democratizar” la urbe; pero en realidad no sabían qué hacer una vez llegados al poder, algo típico de la izquierda entrenada para protestar, no para gobernar.

Ante tanta improvisación y mal gobierno resultaba fundamental remover a la lacra que rodeaba a Villarán, pero quienes protegieron a la banda de las chalinas verdes fueron los inútiles de siempre: actorzuelos (incluido Del Solar), pseudointelectuales y periodistas mermeleros. Defendieron a la “honestísima” Susana por plata y por estupidez, por ello deberían ser penalmente procesados, aunque felizmente hoy ya están descalificados, prontuariados y será mejor que callen su desvergüenza y raterías.

El problema no fue, sin embargo, solo político, pese a que no olvido la bobería de gente supuestamente pensante como Lourdes Flores y PPK que se plegaron a apoyar a Villarán. En medio del caos, los técnicos, con conocimiento de la pilla alcaldesa, ya habían pactado la corrupción con las constructoras brasileñas para financiar la campaña y enriquecerse personalmente.

Susana ha confesado porque claramente desde la corrupta Fiscalía le avisaron que había grabaciones incriminatorias. No le quedaba otra, estaba como rata apaleada; pero fuera de sus deleznables argumentos mafiosos, ha concluido diciendo que si tuviera que volver a hacerlo (robar) lo haría nuevamente.

Su evidente sociopatía no oculta su perversidad, alevosía y ventaja; tampoco impide reconocer la maldición de su concepto político, según el cual salvo el poder, todo es ilusión. La ética, la moral, los principios, son “cuestiones burguesas” que para los salvajes marxistas no cuentan. Y, créanme, así la metan presa de por vida, la cínica Susana Villarán jamás cambiará, como tampoco lo harán quienes profesan su ideología maldita.





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