Frecuentemente leo opiniones sobre la carencia de una IDENTIDAD NACIONAL Desde los 14 años he recorrido todos los rincones del Perú para ilustrarme sobre sus orígenes, etnias, fisonomía, costumbres, lenguajes, tradiciones, religión, idiosincrasia, etc.. de sus poblaciones y me he convencido que no hay ni existirá un común denominador para establecer una “Identidad Nacional estándar”. Lo cual no es malo ni debe preocuparnos. Ni en el Imperio incaico hubo una identidad única porque fue resultado de la conquista de las culturas pre incaicas. Hasta el quechua tiene variantes regionales, a lo que añadimos los idiomas de las tribus nativas de la amazonía. Ahora es peor porque con los españoles, migrantes europeos, chinos, japoneses y africanos somos una mixtura compleja. Alguien dijo que en el Perú quien no tiene de Inga tiene de Mandinga. A nadie le sorprende apellidos como Panduro o Paniagua. Añadimos a los múltiples lenguajes, dialectos y acentos la música, bailes y alimentos típicos de cada región y esa diversidad aumenta exponencialmente. Alguna vez leí que no era lo mismo griego desnudo que cholo calato. En tiempos de Ñangué la sociología se simplificaba en tres estereotipos: “No hay nada peor que blanco sin plata, negro con dinero e indio con mando”. La diversidad alcanzó a la tecnocumbia con Rosi War y las ágiles colitas de sus conjuntos, mostrando lo que ni Amalia Aguilar se atrevió en sus rumbas calientes.

En China me explicaron que existían unas 46 etnias diferentes con sus propios idiomas, lo único en común es el mandarín escrito para comunicarse entre ellos. En cada país existen costumbres predominantes, así en Chile prevalece el plagio, no sólo se conforman con el pisco, la chirimoya, el cebiche, el suspiro de limeña, etc., ahora se han birlado las décimas que compuso Nicomedes Santa Cruz en homenaje a los submarinistas peruanos, y las declaman como propias sustituyendo las glorias de Grau por su patrono Prat. No pues, honestidad, respeto y dignidad se imponen. Los celos y la envidia son pésimos consejeros.

En Italia el “Paese” era el límite cultural con su propio idioma y tradiciones. Garibaldi los unificó en 1870 y no se desvelan por tener una identidad nacional. No se concibe un gondolero veneciano en Calabria ni Milán. Viven felices con sus pizzas pastas, el pesto genovés, las milanesas, la salsa boloñesa y la casi infinita variedad de potajes en los 300,000 km2 de territorio. La cuarta parte del Perú. Podríamos decir lo mismo de Alemania, los divertidos bávaros tienen poco parecido con los estirados de los Hansa Stadt Hamburg, Bremen y Lübeck, como tampoco es lo mismo hablar plattdeutsch que hochdeutsch. ¿Sufren ellos por no encontrar una identidad nacional? Sólo a Hitler se le ocurrió el cuento de la raza “Aria pura”, que murió con él en su bunker de Berlín.

Nos quejamos de Pizarro y la colonización española. Los romanos impusieron un sistema represivo más duro y cruel. Grecia, la inmortal, cuna de los cerebros más brillantes de la antigüedad vivió cuatro siglos de ocupación por los turcos de entonces, y qué decir de España donde nadie entiende a los vascos ni catalanes, tuvieron cuatro siglos de transculturización musulmana por los moros en el Sur, con sus pintorescas Córdova, Sevilla y Granada. La flemática Gran Bretaña conoció la ocupación celta, romana y de los poco amigables vikingos. Vemos a los escoceses luciendo piernas con faldas típicas o kilt y los sones de sus gaiteros.

Acercándonos más. ¿Que opinan de su identidad nacional los ciudadanos de Estados Unidos de Norteamérica? A los verdaderos norteamericanos los desaparecieron los “Pilgrim” a punta de pólvora, su único lenguaje… Los actuales no van mucho mejor, enfrentados a balazos rubios con afroamericanos y latinos. ¿Tiene Trump algún parecido con los apaches?

Nuestra identidad nacional es como la “mazamorra morada”, humilde y sabrosa con más de doce ingredientes. ¡Tengo el orgullo de ser peruano y soy feliz !

Gustavo Barragán Schenone