Y llegamos al bicentenario. Desde el siglo pasado la mayoría de peruanos opta por “el mal menor”.
Pero ¿qué significa “malo”?: Aquello que carece de bondad, de cualidades positivas, es perjudicial o dañino, es contrario a la razón o a la moral, que no es de buena calidad, que es de vida o costumbres censurables. A nadie en su sano juicio se le ocurre adquirir en un comercio una cosa de mala calidad. Todos tienen conciencia que no debe escogerse lo malo.
Sin embargo cuando debemos elegir presidentes de la Nación, congresistas y aun autoridades de alto nivel, no obstante a que estamos frente a muchos malos –y a veces los conocemos por sus antecedentes– y tenemos conciencia de ello, “nos aventuramos” por escoger “al menos malo”. Es decir, desde ese estado de nuestro actuar tenemos conciencia que aun “ese por elegir” es malo, aunque consideramos que en menor grado que el otro.
No razonemos ciegamente. La realidad ocurrida en las últimas décadas nos ha probado que “aspirantes al poder del Estado” no son buenos y hemos optado por uno que creemos menor malo que su contrincante. Sino veamos siquiera los últimos 50 años. En 1980 optaron por Fernando Belaunde Terry que por Armando Villanueva del Campo; en 1985 entre Alfonso Barrantes Lingán y Alan García Pérez, optamos por este. En 1990 por Alberto Fujimori y no por Mario Vargas Llosa; 1995 dejamos a Javier Pérez de Cuéllar y se escogió nuevamente a Fujimori; el 2001 el mal menor fue Alejandro Toledo frente a Alan García Pérez, el 2006 votaron por Alan García Pérez y no por Ollanta Humala, el 2011 se prefirió a Ollanta Humala que a Keiko Fujimori y el 2016 se prefirió a Pedro Pablo Kuczynsk y no a Keiko Fujimori. En todos los casos se optó “por el mal menor”. Es decir todos estaban conscientes que los dos finalistas no eran buenos.
Pero la vida ha puesto en evidencia que los aspirantes a la presidencia no son de confiar. Se escogió “al mal menor” y por lo menos los seis últimos (contando a Martín Vizcarra que sustituyó a Kuczynski) están en severísimos problemas legales porque se les atribuye estruendosos actos de corrupción: en todos los casos por haber recibido coimas de corruptores nacionales e internacionales.
Si los cinco últimos fueron el mal menor, imagínense cuál sería la situación con los políticos “del mal mayor”.
¿Qué nos queda a los peruanos?