Hace como treinta años diseñé un plan para llegar al poder. Primero, ser profesor universitario. Segundo, trabajar en el Estado. Tercero, fundar un instituto de estudios para no dejarle al enemigo el campo libre en la lucha por el paradigma generacional. Cuarto, usar el instituto para echar mano de un periódico. Quinto, usar el periódico para construir un partido. Finalmente, mediante el partido llegar al poder.

Mi plan funcionó a medias, aunque para nada en el orden indicado. Como regla general, eso prueba que los planes valen poco en la vida y que lo que importa es pesar sobre la realidad como el agua, que se precipita por la grieta que se abre aunque no obedezca a ningún plan. Carpe diem. Después de todo, como decía Lennon, la vida es lo que le pasa a uno mientras está ocupado haciendo otros planes.

Además, en el Perú -donde todo es cambiante- las reglas, las premisas mismas sobre las que descansaba mi plan cambiaron. Primero, resulta que ahora llegar al gobierno no significa llegar al poder. Hubo un tiempo en que los políticos eran líderes en serio. Hoy basta un héroe producido. Hoy cualquiera llega al gobierno, y nadie llega al poder.

Segundo, tampoco los partidos políticos sirven ya de nada. Nadie cree en ellos. Ninguno de los jóvenes que conozco tiene el menor interés en aproximarse a alguno y, si me preguntaran, trataría de disuadirlos. No tiene sentido hacerse de un partido. Un medio de comunicación es más eficaz si del gobierno se trata, pero tampoco sirve para llegar al poder. Partidos y medios no son hoy vehículos de ideas. Sirven solo para acarrear emociones, impresiones de los sentidos. Sientes, luego existes. Y las redes son el universo de la nueva realidad.

La verdad cruda es que partidos y medios no son hoy sino imanes de locos, de alucinados con proyecto. Con ellos se puede alcanzar una apariencia de poder, fugaz y engañosa. Todos hemos tenido en ellos nuestra cuota de fama. Grande o pequeña, es una ilusión vana. Por ahí no se llega ni al gobierno, mucho menos al poder. El demencial Pensamiento Gonzalo decía que, salvo el poder, todo es ilusión. Hoy no lo es. Hoy el poder también es una ilusión.

Si lo que vale son las emociones, sin embargo, para llegar hay que traducir ideas en imágenes instantáneamente comunicables. Es el lenguaje. Bien mirado, esta suerte de diseño emocional puede ser una apuesta. En una de esas, quién sabe, como el burro del cuento que toca la flauta una vez por un instante, un acto espontáneo se conecta con lo que la gente siente. No es sino la sombra de una idea en la pared de la caverna pero, nunca se sabe, una chispa puede reinventar el fuego.