Inmortalidad oficialista

Inmortalidad oficialista

Me conmovió siempre un proverbio chino que el argentino Facundo Cabral (exponente de la canción de protesta, pero rendido al culto del conservador Jorge Luis Borges) solía citar en sus presentaciones: “El hombre: nacer no pide, vivir no sabe, morir no quiere”.

Hallaba vigoroso y en una línea impugnatoria este enunciado que resume los ciclos de la humanidad de cualquier tiempo o espacio. Lo valoré más profundamente cuando tuve la proximidad periodística de Francisco “Paco” Igartua, quien –ya lo he contado en anteriores oportunidades– premiaba a los subalternos de la revista OIGA con su conocimiento sobre la vida y obra de don Miguel de Unamuno.

Como se sabe, Unamuno sembró profundas reflexiones acerca del sentido de trascendencia que desarrolla el hombre aferrándose a vivir y temer a la muerte. Dos de sus textos fundamentales son “La agonía del cristianismo” y “Del sentimiento trágico de la vida” los cuales, gracias a Igartua, convertí en libros de cabecera hasta el presente.

Aunque resulte un microbio adjetivo, superlativamente marginal para los elevados conceptos de Unamuno y Cabral, pareciera como si Pedro Castillo fuera la comprobación empírica de las meditaciones de ambos. Sin duda, al estudiarlo como ameba de laboratorio, concluiríamos que nuestro presidente alienta sus premisas filosóficas.

Porque es cierto que Castillo no pidió nacer en la política como jefe de Estado. Su tardía inscripción en Perú Libre para salvarlo de la pérdida de registro ante el Jurado Nacional de Elecciones solo revelaba una aspiración menor de supervivencia y añadir peldaños al fugaz protagonismo que le concedió la huelga magisterial del 2017.

Luego que –Agatha Lys confirma– los astros le fueron propicios y se encontró la presidencia acariciando hasta la médula el misterio del destino, Castillo no ha sabido vivir como guía de una nación embrutecida por la pandemia de la covid-19 y la fragilidad institucional. La lleva hacia el abismo abrazándose a sus propias limitaciones y convirtiendo en bandera de ejemplo su ignorancia sobre los asuntos públicos.

Y nada tan verosímil que morir políticamente no quiere. Aquello por lo cual su arraigo provinciano y campesino le dibujaba una aureola respetable de casi asco por las mieles del poder, hoy pasó a convertirse en un profundo sentido de vida. Castillo elevó a la enésima potencia las prácticas de quienes encuentran en las arcas fiscales un ascensor social para sí mismo, la familia y los allegados. Solo que hasta el momento las evidencias apenas rascan al entorno de secretarios, sobrinos u operadores. Ni a balazos abandonará esa vorágine, aunque ya más del 70 por ciento de compatriotas lo repudie.

En su fuero interno, Castillo está seguro de su inmortalidad protagónica. Y lo peor de todo es que una oposición ahogada por los núcleos rentistas y mercantilistas parecen garantizársela a él y a todo el oficialismo.

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