El régimen Sagasti es sectario. Así lo precisa su primera ministra progre. Sólo acepta a ministros chicheñó. Aquel que disienta, ¡fuera! Ocurrió con el hoy ex ministro Aliaga, encargado de la cartera de Interior. “Nos equivocamos al escogerlo”, dice la feminista y derechohumanista premier Bermúdez, apoyada por Amnistía Internacional y la CIDH. Al final del día, ocurre que no se equivocaron. Sencillamente se precipitaron al elegir al ministro del Interior. Porque, obviamente, ¡no tenían postulantes! Y necesitaban formar un gabinete express para buscar el voto de confianza congresal. Entonces escucharon el apellido Aliaga –un Policía con mayúscula, especializado en seguridad ciudadana y con enorme respeto entre la institución- y lo incluyeron sin más, soslayando un hecho de capital importancia: saber cómo pensaba el señor Aliaga. Pues la criada les resultó respondona. ¿Resultado? Aliaga fue maltratado por la premier Bermúdez y renunció.

¡En menos de una semana la gestión de Sagasti estrenaba a su segundo ministro del Interior! Un papelón esperable de un gobierno sin liderazgo, cohesión, rumbo, certeza ni consistencia. Peor. Un gobierno más bien embustero, empecinado en imputarle a la Policía la muerte de dos manifestantes. Sagasti luego enaltece a ambos como héroes, pidiéndoles públicamente perdón a sus familias -cada vez que puede- sentándolas en torno a una mesa de trabajo. Una treta usada por Sagasti para exhibir un voluntarismo enfermizo, dizque para solucionar la cadena de líos que a diario vienen acumulando sus irreflexiones. Todo en busca del aplauso barato y el ficticio respaldo popular de la llamada “generación bicentenario”. Pero gobernar no es ceder ni conceder frente a las gritas callejeras, ingeniero Sagasti. ¡Eso es claudicar! Y el pueblo –que es mucho más sabio que usted y sus ministros- intuye a quién tiene en palacio. Por lo general, esta estirpe de gobernantes acaban desbordados, ignorados y, eventualmente, procesados. ¡Porque encienden la mecha de la anarquía que luego deberán apagar sus sucesores!

Repetimos, el ex ministro Cluber Aliaga fue llamado a último momento para integrar el gabinete, con un Ministerio del Interior envuelto en llamas y la Policía tanto indignada como desmoralizada por los maltratos de Sagasti, quien pasó al retiro a 14 generales. ¡No contento con ello, los imputó de corruptos! Además, culpó a la familia policial de la muerte de dos jóvenes requisitoriados, ¡sin haber mediado la debida investigación que disponen la Constitución y la ley! En esas condiciones Aliaga asumió el cargo. Y claro, como profesional de la Policía –hombre reconocidamente capaz en lo suyo- lo primero que planificó fue dar los primeros pasos para deshacer el entuerto de Sagasti y poner a salvo la seguridad de 32 millones de peruanos, en momentos tan dramáticos como los que está viviendo la patria. Sin embargo -por no ser obsecuente con el poder que ejerce una gestión de gobierno evidentemente sectaria, como la actual- colisionó con el presidente Sagasti y con la progre premier Bermúdez. Coherentemente, renunció. Lo sustituye un paracaidista que fungía de secretario de palacio, quien sólo ahondará esta gravísima, inmerecida crisis de inseguridad ciudadana que nos agobia.