En el mundo de hoy existe la necesidad –por no decir, obligatoriedad– de insertarse en el bilingüismo. Manejar más de una lengua permite acceder a mejores oportunidades laborales, académicas y, por qué no, económicas. Así, los tiempos han cambiado y es fundamental adecuarse a las nuevas exigencias para no quedar rezagados. La situación no es fácil. Para quien el castellano es su primera lengua, aprender inglés resulta complejo y se dan las mismas interferencias que le producirán a un quechuahablante cuando desea aprender el castellano. La fonética, la morfología, la sintaxis son distintas y ello implica no solo aprender la gramática, sino además pensar desde esa otra perspectiva. Incluso la semántica, el manejo de los significados, tiene sus particularidades e implica una conexión incluso cultural para entender las relaciones gramaticales en cada lengua.
El aprendizaje es complejo, por cierto. Ser bilingüe implica acceder a dos códigos lingüísticos, conocerlos, manejarlos y utilizarlos simultáneamente, a pesar de las diferencias no solo escritas, sino, y, sobre todo, orales. Es ahí donde surgen las interferencias lingüísticas que, generalmente malentendidas, conducen a una de las taras sociales generadas con frecuencia en los últimos tiempos: la discriminación lingüística. Por ello, es necesario comprender el fenómeno en su totalidad y tener claras las implicancias del manejo de más de un código. Para entenderlo mejor, Weinreich (1974) ya se había referido a ello: “Los casos de desviación con respecto a las normas de cualquiera de las dos lenguas que ocurren en el habla de los individuos bilingües como resultado de su familiaridad con más de una lengua, es decir, como resultado de contactos, serán denominados fenómenos de interferencia” (p. 17). Años más adelante, para complementar a Weinreich, Kabatek (1997) habla de dos tipos de interferencias, positivas y negativas, y señala que “en el caso de las interferencias positivas, hay que distinguir entre interferencias que afectan el sistema de una lengua e interferencias que no afectan el sistema pero que producen alteraciones de la norma. Las interferencias negativas, en cambio, solo pueden producir alteraciones de la norma de una lengua, alterando solamente la frecuencia normal de realización de ciertos elementos” (p. 224).
La discriminación lingüística por desconocimiento de lo que verdaderamente implica la interferencia lingüística es una de las taras sociales que se camufla en la exigencia de la pureza del lenguaje, sin atender a las particularidades. Se trata de una presunción de superioridad que solo esconde los propios prejuicios, esos que siempre terminan aflorando el verdadero rostro. Nada más absurdo, por cierto.

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