Javier Valle Riestra

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El suicidio de Alan García

A muchos llamó la atención que mi querido amigo Alan se suicidase. No. Era algo que siempre lo pensó como digno. Veamos su libro “Metamemorias”. Transcribo palabras dichas por él al derrocado expresidente panameño Noriega: “recibimos sorpresivamente en Palacio una llamada telefónica de él. Mientras las tropas norteamericanas invasoras lo buscaban, él llamó desde la Nunciatura Apostólica de Panamá y me dijo: “¿Qué hago, presidente?”, preguntó y le respondí: “SUICÍDATE Y MUERE CON DIGNIDAD”. Cortó la llamada y no lo hizo, era un cobarde y se entregó para ser conducido como un animal de circo, encadenado, a una cárcel de los Estados Unidos, donde, seguramente, a cambio de mínimas comodidades y seguridad, negoció el silencio sobre todo sus servicios a la CIA. Esa es la historia que conocí. Esos matones o carniceros son profundamente cobardes en los momentos cruciales, como lo fue Abimael Guzmán, quien, tras asesinar brutalmente a miles de peruanos, resultó una alimaña aterrada y arrodillada en el momento de su captura”.

Allí vemos que García CONSIDERA EL SUICIDIO MORIR CON DIGNIDAD, PARA EVITAR SER ESCARNECIDO POR SUS CAPTORES. Eso fue lo que él hizo hace siete meses para evitar que los esbirros de Vizcarra lo encadenaran y lo vejaran en una prisión inicua por unos veinte años. Yo sé que la idea del suicidio la tuvo siempre invivita en su corazón para evitar torturas en momentos adversos.

Fui amigo de Alan desde Madrid en 1970 donde él estudiaba y yo me encontraba asilado a raíz de la persecución y extradición que me hizo el totalitarismo militar sin ningún éxito. Más bien fue un triunfo mío. El Consejo de Ministros español presidido por el propio generalísimo Francisco Franco, y por iniciativa de él, denegó el pedido peruano. Más tarde la Corte Suprema del Perú me absolvió con todos los pronunciamientos favorables.

Pero volviendo a Madrid, donde fraternizamos desde 1970, me lo presentó telefónicamente Armando Villanueva. “Ve donde AGP, es aprista, hijo y nieto de apristas”. Efectivamente, lo visité en su modesta residencia de la calle Fuencarral y él me correspondió fraternizando conmigo en mi apartamento de la calle Castelló. Paseamos y conversamos reiteradamente durante meses y años las calles de Madrid. Ganada la extradición por mí, y absuelto, volví al Perú en 1976. Alan lo hizo al año siguiente. Pero se había forjado una férrea amistad entre nosotros.

¡Viva AGP, apologista del suicidio!



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