Javier Valle Riestra

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Jurisdicción punitiva

En la Asamblea Constituyente introduje entre muchas instituciones: la ratificación de la Convención Americana de Derechos Humanos y lógicamente de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Igualmente aprobamos, por iniciativa mía, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos de Naciones Unidas. Aunque parezca mentira, entre los constituyentes del 78 había ignorancia supina respecto a esas jurisdicciones. Sólo conocían el Código Civil. Fue por mi iniciativa que se ratificaron esos pactos y el debido proceso. Ahora, el Pacto de San José es una cosa tan elemental en el mundo moderno hispanoamericano, que si no me hubieran seguido a mí, más tarde habrían tenido que aprobarlo. Pero, el hecho concreto es que se hizo por iniciativa mía, en un momento en que las fuerzas existentes en la Constituyente eran reacias o ignoraban el tema. Eran especialistas en el Código Civil de 1936. Debatí con Cornejo, en la Comisión Principal. No en el pleno de la Asamblea, porque cuando yo llegué pronuncié un discurso, al inaugurarse la Constituyente radicalmente antidictatorial. Entonces, Cornejo se sintió touché, tocado, y me replicó con ira e ironía. Honestamente, para mí fue, no obstante que era yo un viejo, un sacudón que me atacase. Así que permanecí en silencio, unos días, hasta que volví a actuar yendo a la Comisión Permanente de la Constituyente. Allí si debatí con él. Dije que hablábamos pero que era diferente nuestra argumentación. Claro, éramos diferentes porque a él no lo había perseguido judicialmente, nadie. Ni habían intentado su extradición. Muy bien. A mí me persiguieron judicialmente y fui absuelto. Gané. La extradición la gané, también, por decisión del propio Caudillo de España, ¿no? Pero, que me lo recordaran malignamente en público, me sacudió un poco. Cornejo Chávez fue un hombre inteligente. No era exactamente un demócrata, ni un libertario. Era un hombre que conocía el Derecho y argumentaba con lógica legal. Pero no se encontraba allí al demócrata, al hombre que podía invocar principios en defensa de los derechos humanos o de la dignidad de la persona. Era extraño a su idioma de civilista. No era constitucionalista. No era internacionalista. Su biblia era el código civil de 1936. Después de debates en la Comisión Principal presidida por Luis Alberto y argumentando lo que poquísimos habíamos estudiado sobre la jurisdicción supranacional, logramos injertarla en la ley de leyes. Fue así la Constitución de 1979 su Magna Lex. Pero sus héroes somos pocos.





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