Javier Valle Riestra

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Leguía secuestrado por una chusma (1909)

Algunos timoratos vanidosos creen que pueden ser coaccionados para renunciar a su cargo parlamentario, pero, cuando se es un hombre enterizo y no un cobarde, nadie le saca a uno la renuncia contra su voluntad. Gobernaba el Perú, en 1909, don Augusto B. Leguía. El 29 de mayo de aquel año, el hermano de Don Nicolás de Piérola, Carlos, y sus dos hijos (Isaías y Amadeo) realizaron el golpe de Estado más audaz desde el día en que en 1541 los almagristas asaltaron Palacio y asesinaron a Pizarro. Un grupúsculo avanzó por la calle Pescadería y se adueñó del Ministerio de Gobierno y la Prefectura. Entraron a la alcoba presidencial y se apoderaron de Don Augusto. Le pidieron su renuncia, en medio de cadáveres de conjurados y leales regados en las puertas de Palacio. Leguía se negó a firmar. Los complotados decidieron pasearlo por las calles, y por el Jirón de la Unión. El séquito llevaba al Presidente a la cabeza, vociferando consignas a favor de Don Nicolás. Alguien comentó: “Leguía se ha pasado y allí viene con un grupo dando vivas a Piérola”. Luego de un desfile de una hora lo condujeron hasta la plaza de la Inquisición, hoy del Congreso, y volvieron a exigirle la dimisión arreciando sus amenazas. Un negro manumiso, sirviente de los Piérola, decía con un garrote en la mano: “¿Niño Isaías, le doy ya?”. Leguía reiteró corajudamente su decisión de no firmar. Incluso, pretextó que la fecha estaba equivocada. Apareció, entonces, un piquete encabezado por el alférez Enrique V. Gómez, que disparó sobre el grupo revoltoso. Leguía y su ministro Villarán se desplomaron ilesos en el suelo. Hubo más de cien muertos. Pero, allí tenemos la lección para los fatuos que se creen predestinados y temen ser renunciados. Si tuvieran compañones como Don Augusto, nada deberían temer. Pero… los hombres de honor renuncian cuando discrepan. ¿Ejemplos? Bartolomé Herrera, brillante teólogo y obispo, autor de la teoría de la soberanía de la inteligencia, renunció en 1860 al Senado porque se suprimió el fuero eclesiástico y volvió a pontificar magistralmente en su diócesis. En 1932, a raíz de la expulsión de los constituyentes apristas, Víctor Andrés Belaunde, el gran autor de “La Realidad Nacional”, dejó su escaño y se fue a su cátedra en Coral Gables, Miami. Volvió cuando se lo pidió el arzobispo de Lima. Valentín Quezada, senador por motivos menos principistas, en 1954, renunció a su escaño y partió de embajador a Roma.

 





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