Un día de enero de 1991, hace exactamente treinta años, Jeremy Delle se disparó en la boca frente a sus compañeros en plena clase en el Richardson High School, en Texas. Antes, había dejado una carta a uno de sus amigos justificando su drástica decisión aunque esta nunca se hizo pública. Dieciséis años de acoso escolar continuo y una familia desestructurada podrían, tal vez, explicar ese gesto desgarrador del adolescente que sólo quería que reconocieran sus dibujos y lo amaran un poco. Una canción del emblemático grupo del grunge norteamericano, Pearl Jam, sigue contando hasta hoy esa trágica historia.

Hace cuatro años, la revista Billboard entrevistó a Eddie Vedder, el cantante de Pearl Jam, sobre el caso y la canción y dijo: creo que el hilo conductor de esta insólita muerte es la falta de atención de los padres. Además Vedder contó que a él también lo golpeaban en la escuela, por lo que se trataba un poco de su historia personal y lo que vio en las noticias. Asimismo, se refirió a la violencia adolescente, relacionándola con hogares sin contención y una difícil realidad socioeconómica.

Tal vez Vedder tenga razón. Me conmueve Jeremy, pero también me conmueve su madre. Y cito las palabras, a mi modo de ver sabias y perplejas, del célebre psicoanalista italiano Másimo Recalcati, quien afirma: “No añoro la figura, ya agotada del padre disciplinario y autoritario, pero me pregunto si la del padre empático no es también contraproducente porque los hijos necesitan encontrar obstáculos en sus padres, el conflicto como herramienta de formación”.

Y Recalcati añade algo medular: “Los padres de hoy evitan el conflicto con sus hijos por temor a no ser amables. Es una nueva forma de angustia que invierte la cadena de generaciones: hoy no es el niño que quiere sentirse reconocido por sus padres, sino que son los padres los que quieren ser reconocidos por sus hijos. El mejor regalo que pueden hacer los padres a sus hijos es no intentar desvelar su secreto, dejarles ir, favorecer sus diferencias en vez de querer que repitan sus vidas depositando en ellos sus expectativas.”

Freud dijo algo imperecedero, revolucionario, sobre este tema: “La profesión de los padres es una profesión imposible” y Sartre , de su parte, señaló que “cuando los padres tienen planes para sus hijos, ellos tienen destinos generalmente infelices”. Saber ambas cosas, intuirlas, navegar en ese mar turbulento y borrascoso es empezar a entender.

No sé si lo de Jeremy ha sido un pretexto para escribir sobre esta “profesión imposible” o el síndrome del hijo pródigo que decide hacer uso de su libertad, me hace recordar una triste canción. Lo cierto es que, de cualquier forma, padres e hijos aprendemos. Jeremy debe ser escuchado en clase y en casa y sus padres también. Escuchar, lo que tanta falta hace en estos tiempos de grandes y permanentes silencios y ruidos secos e insoportables.
Michael Moore le preguntó a Marilyn Manson: “Si pudieras hablar con los chicos de Columbine, ¿qué les dirías?”. Manson respondió: “No diría nada, los escucharía. Eso es justamente lo que nadie hizo.”