Si nos apeamos después de dar vueltas en la impalpable vía del internet, alarde de la tecnología moderna que nos sitúa donde queramos y proporciona la comunicación más insólita, comprobaremos que pasa del medio mundo, largamente, la población que sufre. Esta, a la vez, clama por una paz que no alcanza, por una reconciliación que necesita, pero para cuyo logro se muestra remolona, sin esfuerzo sincero para que se cristalice.

Una ojeada a los periódicos del día o una breve atención a las noticias que ofrecen la radio y la televisión, evidencia que un alto porcentaje –por no decir la mayoría- de aquéllas son el fiel reflejo, patético, dramático de hechos que afectan directamente al hombre, que arrincona a la sociedad en un oscuro callejón cuya salida parece tapiada, sin resquicio visible.

Resulta paradójico que el causante del sufrimiento es el mismo protagonista y víctima: el hombre. Lo absurdo es que la mayoría de los casos tiene conciencia de lo que hace. Actúa con toda la facultad de ser libre para escoger entre lo bueno y lo malo. La decisión que toma –de hacer o no hacer- depende mayormente de su voluntad.

Si ésta flaquea y se torna débil, proclive a lo que daña y no a lo que representa bondad, se actúa fuera de lo normal. La normalidad de la conducta humana puede verificarse y fundamentarse si se demuestra suficientemente que la generalidad del fenómeno responde a las condiciones usuales de la vida colectiva en un tipo social determinado, así como a la sana razón de los actores que somos todos en este gran teatro del mundo.

El hombre deambula persiguiéndose a sí mismo en pos de la paz que no podrá alcanzar si antes ella no está en él, en su propia conciencia, en la tranquilidad de su pensamiento, en el orden que no existe fuera de lo moral, de lo ético, de lo debido, del difícil pero imprescindible deber ser. Y sobre todo, de la íntima comunión con el Hacedor de todo lo creado, hontanar venero de la existencia y del sosiego que tanto falta en las relaciones humanas a nivel individual, social, del Estado y naciones.

Estamos en tiempos de reflexión. Meditemos acerca del porqué y para qué padeció y murió Jesucristo crucificado, siendo Dios y habiendo podido librarse de tanto escarnio y hasta de la muerte. Él se inmoló por su infinito amor a la humanidad, a la que solo así podía rescatar de la muerte eterna. Y para legarle la paz como símbolo vivo de solidaridad y lúcida convivencia. Al expirar Jesús dio este ejemplo.

Pero los hombres se empeñan insanamente en todo lo contrario. Olvidan el valor de la redención, válida inclusive mientras haya un hálito de esencia vital. Si se cavilara con recogimiento un instante cada día sobre el transcendental acontecimiento de la pasión y muerte de Jesús, muchas cosas cambiarían para el bien de los hombres y muchas conductas se enderezarían como espigas sobre la tierras blanda. Sí se recodara que Él moribundo tuvo sed y le dieron vinagre y hiel, empapando un hisopo atado a una caña y ya todo consumado, le abrieron el costado con una lanza, brotando entonces sangre y agua que se mezclaron con las que emanaban de sus heridas desgarradas abiertas en el camino al Calvario y al clavario de la cruz, habría menos guerras, menos homicidios, menos muestras de maldad, más comprensión, mejor ánimo para la solidaridad y el entendimiento.

Esperemos con fe que así como Cristo resucitó, podamos, también celebrar la resurrección del espíritu de los hombres convencidos de las ventajas y la racionalidad del bien, del perdón y de la vida en paz.